Casa de muñecas rota

Hoy he soñado con una casa de muñecas. Realmente, era preciosa y contenía todo tipo de detalles a escala: habitaciones, puertas, ventanas, muebles y objetos domésticos, todos en miniatura. Incluso, aparecían los personajes que la habitaban, en proporción al tamaño de la casita. Frente a ella, había una niña que jugaba a las familias, a papás y a mamás, una niña que jugaba a ser ama de casa.

Al despertar, me acorde de aquella anciana que conocí en Marruecos, Ummi Shefia, esa mujer casi centenaria que me contaba su historia antes de morir. Tendida en la cama del hospital, y a pesar de padecer un tumor cerebral, narraba con todo tipo de detalles, sus vivencias de la infancia y de su posterior vida matrimonial.

Ummi Shefia, entre bromas y risas me relató cómo un día, dejó de ser niña, en su más pura inocencia, para convertirse en mujer. Con 6 años fue casada por sus padres, con un señor, demasiado mayor para ella… Él tenía casi 50.

Me sorprendió su manera de relatarlo, e incluso, la facilidad con la que parecía haber olvidado aquel infierno, como ella misma había definido. Aun asi, se postulaba orgullosa y defensora de aquel hombre, “monstruo” en un principio, marido con posterioridad, ya que no la tocó hasta que ya hubo menstruado, a los 9 años. Según su justificación, eso era lo correcto, porque así fue como el Profeta Muhammad (PyB) había hecho con su tercera mujer, Aisha.

Con picardía, contaba cómo fue su primera noche, aquella en la que perdió su virginidad. Era Ramadan, y al anochecer aquel hombre irrumpió en su habitación, decorada con una caja de madera que simulaba ser una casita de muñecas, esa con la que tanto había jugado a ser mamá. Ella asustada, salió corriendo a casa de sus progenitores. Entre sollozos llegó a casa de sus padres, temblorosa y pidiendo ayuda, porque aquel hombre la había obligado a hacer cosas “horribles”.

La necesidad de pedir auxilio a aquellas personas que la habían de proteger, pronto se convirtió en un segundo infierno. Su madre, su tía y demás mujeres que se encontraban en la casa, no ocultaron la risa. Cuando consiguieron tranquilizarla, su padre la llevó arrastras a la casa de aquel hombre, que ansioso esperaba poder culminar su acción.

Me ahorraré todo tipo de detalles, porque solo recordarlos me producen escalofríos. A medida que proseguía con su historia, irrumpió en mi mente Elena, una niña nicaragüense de 8 años. Sus padres, ahogados por una economía inexistente habían decidido venderla a un hombre que superaba los 40 años, conscientes que con la transacción, su hija se convertiría en la “esposa” de aquel señor.

Y así, mientras la anciana proseguía con su relato, yo iba poniendo imagen a cada detalle en el caso de Elena.

Aunque las historias de Ummi Shefia y Elena son totalmene diferentes, los sentimientos y sintomatología van de la mano. Ambas, provenientes de clases económicas bajas, por debajo del umbral de la pobreza, habían sido entregadas a hombres maduros para poder desahogar la economía familiar y con la esperanza de mejorar sus condiciones de vida.

Tanto la anciana como la menor, relataron las mismas emociones y reacciones ante sus vivencias, algo que podría ser extrapolable a cualquier otra situación similar.

El miedo a quedarse a solas con su esposo, parecía que se convertía en el verdadero martirio de cada noche, envuelto en ataques de ansiedad y todo tipo de trastornos psicosomáticos: cefalea; dolores de espalda; problemas gástricos, etc.

A largo plazo, surgieron otros efectos que afectaron su vida diaria, como la dificultad aceptar y expresar sentimientos, el aislamiento, desconfianza y conductas retraídas.

Pero sin duda alguna, donde mayor reflejo presentaron las consecuencias de estos “abusos” fue en su vida sexual. Con esfuerzo y desde el respeto que nos ha de amparar a todo profesional, tanto Ummi Shefia como Elena llegaron a hablar de su parte más intima, aquella que es menos visible a los ojos de terceros. La dificultad de disfrutar de la sexualidad y la anorgasmia fueron las secuelas que mayor dificultad parecieron admitir.

Pero sin duda alguna, el gran trofeo de las secuelas se centró en los problemas y trastornos ginecológicos como: amenorrea (ausencia temporal o permanente del flujo menstrual); disminorrea (dolor menstrual); dispareunia (relación sexual dolorosa) y vaginismo (contracción involuntaria de los músculos que envuelven la vagina, lo que provoca la penetración imposible y dolorosa); lesiones genitales irreversibles, ec.

Casada o vendida ¿qué importa si en ambas situaciones las niñas son obligadas a convivir como esposas, en contra de su voluntad? ¿Acaso el reconocimiento legal del matrimonio con una menor exime del dolor a quien es forzada a casarse? ¿Es acaso la venta de una menor más grave que un matrimonio forzado?

Como persona no puedo, sino sentirme indignada ante estas prácticas que dejan en evidencia la convención que protege los derechos de la infancia. Como mujer, siento que este tipo de costumbres es un insulto al género femenino. Como Trabajadora Social, reitero la necesidad de intervención como forma de combatir las injusticias. Como musulmana, añoro un verdadero conocimiento y difusión de las Fuentes Sagradas.

El matrimonio, sea legalmente reconocido o no, entre un hombre maduro y una menor que apenas sobrepasa los 8 años, es una práctica demasiado generalizada a nivel mundial. Durante mis años de intervención en diferentes países tan dispares como Nicaragua, México o Marruecos, he sido testigo directo de estas repudiables tradiciones que violan el correcto desarrollo psicosocial de sus víctimas. En ningun caso, existe justificación para ello, no al menos para los que creemos y defendemos la justicia.

En los países y comunidades de religión musulmana, se utiliza una vez el Islam como paraguas protector de practicas culturales ajenas o al menos de dudoso origen.

No puedo evitar sentir una gran confusión ante las justificaciones que muestran a nuestro Profeta, por un lado, como un ejemplo modélico de comportamiento virtuoso, justo y defensor de los derechos de la mujer, y por otro lado, como un hombre capaz de perturbar la inocencia de una menor.

La boda del Profeta Muhammad con su segunda esposa, Aisha, ha sido la excusa idónea para llevar a cabo en la actualidad, una tipología de matrimonios que en los tiempos que corren, pueden ser calificadas de pederastia, como han apuntado diferentes personalidades.

Que en la palestra de los medios de comunicación aparezcan muftis (como recientemente lo hacía Mohamed Ben Abderrahman Al Maghraui) afirmando que “una niña de nueve años puede aguantar las relaciones sexuales tanto como una mujer de veinte años”, además de dañar la honorable imagen del Islam, encubren prácticas sexuales que inflingen las leyes lógicas de las relaciones entre adultos y menores.

Diferentes expertos han apuntado las contradicciones encontradas en los Hadices que narran el matrimonio del Profeta y Aisha y de la edad de ésta. Unos la datan en 6, otros en 9, 11, 14, hasta los 19 años.

Soy fiel al Coran, Libro Sagrado de referencia, en el que se rechaza el matrimonio de niños y niñas inmaduros, y donde hombres y mujeres han de ser libres en la elección de su pareja. Entonces ¿qué libertad puede haber en obligar a una menor a casarse con un hombre adulto?

Aun en el caso hipotético de que fuese cierto que Aisha se casara con el Profeta a los 6 años de edad, se ha de contextualizar el Coran, la Sunna y los Hadices al tiempo y contexto actual. No se puede aplicar en nuestra época y sociedad, una situación particular acaecida hace 15 siglos en una civilización del desierto. Es impensable.

Como musulmanes y musulmanas nos debemos a una serie de principios fundamentales recogidos en las diferentes legislaciones internacionales. Nos sentimos orgullosos y orgullosas de los beneficios que otorga el Islam a las personas, en especial a las mujeres. Entonces ¿cómo puede ser que una religión que vino a traer un mensaje liberador para el género femenino pueda suponer una prisión o una tumba en vida para miles de niñas? ¿Cómo podemos ser testigos mudos de los mal llamados Estados musulmanes que aprueban este tipo de prácticas abominables?

Que hoy en día, en pleno siglo XXI existan sabios, pensadores y representantes de la Ummah, que justifiquen y acepten estas costumbres en nombre del Islam, no hace sino demostrar lo alejados que nos encontramos del verdadero mensaje liberador, igualitario y justo que Allah nos dispuso hace 1430 años.

Es deber de toda persona musulmana luchar contra las injusticias, especialmente contra aquellas que se realizan contra el género femenino. Porque desgraciadamente, miles de niñas en todo el mundo, también en los “países del Islam” juegan con una casita de muñecas, rota.

Publicado en Webislam

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