Yo, para ser feliz, quiero un hogar

Cada vez que soy invitada a participar en algun programa o entrevista mediática soy abordada por una indiscreta pregunta: ¿qué te motivó a entrar en el Islam?

Por un lado, este intrusismo a la intimidad, hace que me sienta la inusitada figura de la “mujer barbuda” circense, como si el fenómeno más insólito en la faz de la tierra fuera que una mujer occidental decidiese en un momento de su vida profesar el Islam. Por otro lado, pienso que, hasta cierto punto, es natural la preplejidad, si observo la asociación que se realiza entre Islam y algunas de las aberraciones que sufren millones de mujeres musulmanas. En nombre de la religión se llevan a cabo toda una serie de praxis lacerantes, crueles, violentas e impropias de un sistema de vida en equilibrio y armonía.

Hace casi ya dos décadas que tomé mi primer contacto con el Islam, y fue precisamente a través de la intervención social con colectivos musulmanes. Sin lugar a dudas, todos los prejuicios asentados en mi imaginario se iban corroborando a través de la práctica de determinados individuos que, a pesar de hablar insistentemente de los beneficios para la mujer en el Islam, mostraban abiertamente una incongruencia en su forma de vida, relegando al género femenino a un segundo plano y por qué no decirlo a una discriminación latente y real.

Tal vez, esa fue la motivación primordial que me impulsó a adentrarme en las bases teóricas del Islam. Consideré y lo sigo manteniendo, que es absolutamente necesario buscar los aportes ideológicos que sustentan esas prácticas discriminatorias, para así poder buscar la solución desde dentro.

A pesar del tiempo transcurrido, sigo encontrando las mismas cuestiones que hace años me producían rechazo, e incluso, observo con desagrado como a medida que el islam, a través de sus fieles, cobra presencia en el Estado español, van saliendo a la luz experiencias de vida y realidades contrarias a todo el sistema de derechos sociales y de género emanados del propio Coran.

Cada vez cobra mas fuerza, el planteamiento que lucha por desvincular el Islam, como constructo teórico, de lo que viene a denominarse la religión heredada, a través de tradiciones que repiten esquemas patriarcales y modelos sociales jerárquicos que posibilitan la desigualdad entre mujeres y hombres.

Por alguna razón ajena a la cosmología islámica, en algun momento de la historia del Islam, el género masculino pasa a tomar el poder del espacio público relegando a las féminas al rol de esposas y madres. El género femenino se traslada a un segundo plano, sustentando con firmeza toda una teoría de la domesticidad en donde las mujeres cumplan sus roles de esposas abnegadas, dedicadas con artificial felicidad, a cumplir las funciones para las que han sido creadas: la complementariedad del hombre y por consiguiente, la responsabilidad y dedicación al espacio doméstico.

De esta forma, se ha aleccionado que la mujer, como categoría social, viene a desempeñar el papel de cuidado, en primera instancia, de su propia familia. Es ahí donde, tomando como referencia las biografías de las propias compañeras del Profeta Muhammad, empieza a producirse una disputa entre la esencia islámica de la participación activa y política de la mujer en el espacio público, y esa otra forma de interpretación que intenta delimitar nuestra acción al hogar.

Es curioso, porque en todos estos años de labor social con el colectivo musulmán, he venido encontrando un reflejo de un sistema dogmático, que repite mecánicamente costumbres, consignas y frases carentes de reflexión y contenido.

Soy Trabajadora Social, pero también soy musulmana y como tal, he podido presenciar y vivenciar experiencias que me obligan a reivindicar una justicia de género. Por momentos, me siento defraudada por cómo el Islam ha sido captado por todo un sistema patriarcal que pretende instaurar una ortodoxia que se apodera de la experiencia espiritual del individuo. Por desgracia, el Islam ha sido acaparado por un sistema clerical dominante, que anula posturas divergentes y se ampara en un modelo androcéntrico que no permite la verdadera emancipación de la mujer.

Hace unos días, salía a la luz la noticia de un hombre en Bellpuig (Lleida), que según parece, está siendo investigado por recluir a su mujer, embarazada, durante al menos un mes, mientras él viajaba a Arabia Saudí. De igual forma, sus hijas de 4 y 7 años, no estaban escolarizadas. Tal vez, exista alguien que quiera desmentir la noticia, aludiendo a la falsedad de la misma y a la islamofobia que parece estar creciendo. En este caso, y para evitar posibles disputas contaré mis propias experiencias de intervención social.

En efecto, no es la primera vez que me encuentro con mujeres musulmanas, que estando embarazadas no acuden a las revisiones ginecológicas, porque según aluden, quien las atenderá será un hombre varón. Sobra decir, que quien alienta a este tipo de prohibiciones son los propios maridos que rehusan de la atención médica tanto para la esposa como para el propio bebé.

De igual forma, no hace mucho tiempo otra mujer embarazada de 8 meses contaba, con evidente terror, el enclaustro que sufría cuando su marido salía de casa, al cerrar la puerta de la calle bajo llave. Uno de esos días, evidentemente, se puso de parto y tras mucho esfuerzo, conseguimos localizar al marido para que pudiera abrir las puertas del hogar y ser atendida, como debe ser, por los servicios de urgencia.

No mucho menos escalofriantes me han resultado las experiencias de otras mujeres, cuyos maridos esconden los cables de la televisión para que no puedan tener contacto con la realidad.

Es incuestionable que toda esta forma de acción, suponen, en la lógica de cualquier sistema social una violencia de género en donde mujeres como éstas, están siendo maltratadas en el seno de su propio hogar.

Ni qué decir tiene, la vulneración de los derechos fundamentales de la infancia, como el caso de las niñas que se les niega la escolarización. Todavía recuerdo el caso de un señor que ejercía la labor de imam en un pueblo de Lleida, cuya hija de 8 años jamás había acudido a la escuela. Finalmente la Fiscalía de menores intervino y su progenitor decidió, sin ningun tipo de titubeo, que el mejor destino para su hija sería el regreso a su país de origen, y no la educación.

Me preocupa, que estas semanas estemos dedicando largas horas a debatir la prohición o no del niqab, cuando ni siquiera es un precepto islámico, y desviemos la mirada de asuntos verdaderamente más importantes como son los atropellos a los derechos elementales que cualquier mujer debe tener.

Me parece ridículo dedicar tanto tiempo al tema de la indumentaria femenina, porque realmente lo inquietante no es la prenda en sí, sino todo el discurso ideológico y político que defiende un dominio y control de los géneros, para terminar encarcelando a las mujeres dentro del hogar y delimitando su estatus de ciudadana de pleno derecho.

 

Publicado en Webislam

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