Honor manchado, mujer quemada

© Fotografía: M. Laure Rodríguez Quirgoa

La educación es una poderosa herramienta para la liberación personal, social y espiritual.

No me cabe duda de que la violencia de género se manifiesta de diferentes formas en función de la cultura. Es aquí donde vienen a mi mente las imágenes de mujeres quemadas vivas en países donde el islam es mayoría, o donde incluso los asesinatos basados en el honor siguen mostrando la creencia de que una mujer es propiedad de su familia.

Esta cultura del honor implica un concepto amplio que legitima el uso de la violencia para restaurar esa reputación familiar “manchada” por una mujer del mismo círculo consanguíneo. Es así que la historia, las leyes y las políticas sociales consienten que se genere una serie de normas culturales permisivas ante el maltrato o el crimen.

De alguna u otra forma, crece en el imaginario colectivo la construcción de la cultura del honor, y por ende la predisposición a la violencia para defender la “propiedad” o el “entorno”. No es fácil encontrar en este tipo de sociedades modelos basados en relaciones igualitarias entre los sexos, más bien todo lo contrario, la tónica común está caracterizada por la persistencia de relaciones de poder desiguales, donde prevalecen los roles masculinos a los femeninos, donde el varón debe dominar a la mujer.

La justificación de la violencia hacia la mujer, según los parámetros de la cultura del honor, viene infundada a raíz de un incumplimiento de su rol de género (creencias consensuadas sobre las características de lo que hombres y mujeres deben y no deben hacer).

En consecuencia, el honor femenino queda circunscrito a la “vergüenza sexual”, es decir, la virginidad, la modestia, la obediencia y las restricciones sexuales. Por el contrario, el honor masculino asume la protección de la familia, la virilidad, la dureza y la agresividad. La socialización de la infancia refleja las normas y los valores culturales propios, estimulando la perpetuación de una sociedad con un modelo patriarcal cuyas creencias otorguen al hombre el uso de cierta violencia para ejercer un dominio considerado legítimo.

La familia es un pilar fundamental para el aprendizaje de estas creencias y normas de agresión. Por un lado se avala la relación desigual de la mujer, y por otro lado, se tolera el uso de la violencia como forma de resolver los conflictos, reproduciendo el modelo de los padres, generación tras generación. De esta forma, observar modelos violentos favorecen que perduren en el futuro.

Pienso, por lo tanto, cómo combatir esta lacra social que afecta más allá del ámbito doméstico. Soy tajante al afirmar que, en el caso concreto de las comunidades musulmanas, es preciso una recuperación de ese mensaje liberador que puede y debe posibilitar un trato igualitario y justo entre los géneros.

La educación es una poderosa herramienta para la liberación personal, social y espiritual, cuya esencia debe construirse sobre la base de un funcionamiento psicológico sano y equilibrado, tal y como se desprende de la cosmología islámica. En definitiva, un equilibrio entre los géneros y entre lo masculino y lo femenino que se alberga en el interior de cada ser.

Para ver la publicación original: http://www.cambio16.es/opinion/laure/0005/laure.php#

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