La dictadura de los cuerpos perfectos

La erotización infantil conlleva toda una serie de riesgos que, entre otros efectos, perpetúan el machismo

Hace algunos días, caía en mis manos un demoledor documental italiano, Il corpo delle donne, en el que de forma ilustrativa se mostraba sin ningún tipo de pudor la instrumentalización mediática del cuerpo de las mujeres. La voz de Lorella Zanardo parecía sorprenderse al comprobar “que las imágenes televisivas fueran un espejo tan preciso de algunas costumbres”, esas mismas que desde siglos vienen moldeando un prototipo de mujer antinatural, manipulado y amoldado a la complacencia masculina. En definitiva, un ser femenino reducido a un mero objeto sexual. Miro la televisión y me sorprende tener dificultades para encontrar a “mujeres reales”, esas que como dicen las estadísticas españolas rondan (o superan) la talla 42 y no se esconden bajo un rostro de apariencia perfecta, mientras se abnegan en su cuidado exterior que las muestren como heroínas perfectas. ¿Dónde quedan tantos años de lucha feminista? ¿Cómo puede ser posible que nuestras gargantas desgarradas por proclamar nuestros derechos más fundamentales no tengan eco en la exigencia a no cosificar nuestros cuerpos? ¿Acaso no somos conscientes de esta falsa libertad que nos han querido vender? ¿Por qué admitimos esa presión a “tener que estar guapas” siguiendo unos cánones que no hemos elegido? ¿Queremos seguir permitiendo la utilización de imágenes de mujeres sexuadas como reclamo publicitario? ¿Cuántas humillaciones más tenemos que soportar para ser conscientes de que ese modelo de identidad femenina que nos intentan imponer subyuga nuestra propia esencia como mujer y ciudadana de pleno derecho?

La televisión, la gran pantalla y la publicidad diseñan un modelo de mujer deforme. Desde nuestra más tierna infancia recibimos infinidad de mensajes que nos abducen y adoctrinan en la importancia a la apariencia más que al ser. O como expresó Simone de Beauvoir, “las muchachas dejan de ser y comienzan a parecer”.

Viene a mi mente el recuerdo de María Isabel, una niña que con apenas diez años contoneó su cuerpo con extrema sensualidad al compás de la canción “Antes muerta que sencilla”. Ejemplo este, entre otros, de una sexualización precoz de la infancia con actitudes, comportamientos y conductas sexuales que corresponden más a la adolescencia que a una menor que todavía no ha alcanzado la pubertad.

“El pintalabios, toque de rímel, moldeador como una artista de cine, peluquería, crema hidratante y maquillaje que es belleza al instante”, decía la letra, educando a las niñas en esa obsesiva atención por el aspecto físico. Un sinfín de productos dirigidos exclusivamente al mercado infantil invade los anuncios publicitarios: cosméticos, brillos de labios, sombra de ojos y muñecas monstruosas con cuerpos cuasi perfectos. Las niñas son alentadas a comportarse de forma sexy, configurándose en un imaginario social erotizado, alimentando paulatinamente unas fantasías de mirarse con ojos masculinos capaz de mostrarse como la eterna “chica perfecta”. Esta erotización infantil conlleva toda una serie de riesgos físicos, psicológicos y sociales que, entre otros efectos, perpetúan el machismo y los comportamientos dominantes del hombre sobre la mujer.

Texto original publicado en Cambio 16

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