8 de marzo: solidaridad con las mujeres no musulmanas

© Fotografía: M. Laure Rodríguez Quiroga

El 8 de marzo se presenta como un día significativo, en el que al menos, en una única jornada, se nos permite visibilizar con protagonismo una realidad estremecedora. Informativos, noticias, reportajes, artículos de opinión o documentales inundan los diversos medios de comunicación y redes sociales. Hoy es nuestro día, no cabe duda. Un día para reivindicar y exponer sin el miedo de sentir el tijeretazo de la línea editorial, de no tener que camuflarte dentro de un texto “políticamente correcto” o directamente, sin temor a ser prejuzgada con la etiqueta estereotipada de la “feminista de turno” que viene a darnos el “sermón” de la igualdad.

Es curioso, porque siendo europea, al afirmar que “soy musulmana”, toda una serie de miradas compasivas se abalanzan sobre mí, como si un manto protector de compasión quisiera envolverme. Comentarios y pensamientos de lo más variopinto recorren los imaginarios colectivos de quienes tienes enfrente. Por un momento, se descarga sobre nosotras, las musulmanas, la pobreza intelectual de quienes no han podido evolucionar más allá de un discurso ideológicamente distorsionado, políticamente manipulado y culturalmente construido de forma reduccionista.

“Si para nosotras es difícil la situación, para vosotras, en vuestros países, lo es mucho más”. Tal vez ésta sea una de las frases que más repite, en diferentes formatos pero con el mismo mensaje de trasfondo: Islam como sinónimo de extranjero, foráneo y alejado. Existe una tendencia generalizada y malintencionada de considerar al Islam como parte de lo exterior, ese “otro no nuestro”, ajeno a nuestra historia y a nuestro devenir histórico.

No pertenezco a ningún país que se llama Musulmandia, ni mi lengua materna es el árabe… Soy vasca, de padres gallegos, nacida en Francia y actualmente residiendo en Madrid, por lo tanto, mi mirada y mi activismo se circunscribe a mi realidad más inmediata. Por eso, soy capaz de admitir que efectivamente en “nuestros países” la situación analizada desde una perspectiva de género, es dramática.

En el Estado español, las mujeres seguimos cobrando un 30% menos que los hombres por hacer el mismo trabajo. Más del 80% de las mujeres afirman llevar una doble (o triple) jornada laboral dentro y fuera del hogar sin ningún tipo de respaldo por parte de sus cónyuges varones. Más del 20% de las mujeres afirman haber recibido algún tipo de acoso sexual en el ámbito de trabajo -habiéndolo denunciado apenas un 3%-. Tan solo 54 mujeres han accedido a puestos de Consejo de Administración en las empresas del Ibex 35, frente a los 502 hombres existentes. Menos del 10% de los países a nivel mundial tienen a mujeres como jefas de estado o de gobierno.

De la misma forma, existen más de 5.000 mujeres esclavizadas en los clubes de carretera de nuestro país, vendiendo sus cuerpos sin ningún tipo de garantías de derechos. Sólo en Cáceres, el 60% de las expulsiones de la Brigada de Extranjería que se tramitaron el año pasado fueron de mujeres prostituidas en situación irregular. Más de 400 mujeres se suicidan al año como única vía de escape a la situación de maltrato en el ámbito doméstico. En un país tan avanzado como el nuestro, más de 70 mujeres fueron asesinadas por sus parejas o ex-parejas en el año 2010 y se superaron las 100.000 peticiones de protección frente al maltrato. O países como Alemania, donde una de cada cuatro mujeres sufre algún tipo de violencia en el hogar.

Cuando evidentemente, argumentamos que la deplorable condición de las mujeres musulmanas es similar a la de otras mujeres no musulmanas, vuelve a repetirse una afirmación simplista: “Tú tienes suerte de haber nacido aquí. Ya me gustaría ver qué harías si hubieras nacido allá”. Por alguna extraña sensación, un dedo inquisidor nos señala y nos hace sentir culpables de haber nacido en el marco de sociedades europeas, dando por sentado que en nuestros países “desarrollados” la condición de la mujer está en equilibrio e igualdad con respecto a la masculina.

Me viene a la mente la instrumentalización del cuerpo femenino en la cadena pública italiana, reducido a un mero objeto sexual. Observo las ingentes cifras en beneficio económico que supone todo el mercado de la pornografía estadounidense, cuya víctima principal sigue siendo la mujer. Me preocupa la dictadura de los cuerpos perfectos que llevan a todo tipo de alteraciones alimenticias o en el rechazo al envejecimiento femenino hacia el culto a las cirugías o las infiltraciones faciales que anulan nuestras expresiones más naturales. Pienso en los más de 40.000 españoles que consumen turismo sexual pederasta con niñas, principalmente, en países empobrecidos.

Sería totalmente absurdo e irracional que en un diálogo con una mujer no musulmana, pretendiese mostrarle lo privilegiada que debe sentirse por haber nacido en otros contextos en los que estuviese libre de las injusticias atroces que se viven en otras partes del mundo. No nos hace falta recrearnos en la extrema violencia para ser conscientes que todas somos víctimas de un mismo sistema, más suave o más severo, pero víctimas en definitiva de un patriarcado encubierto o visible, que nos priva de nuestros derechos más fundamentales.

No cabe duda de que la violencia de género, debería adquirir el título de pandemia mundial, porque está presente en cada rincón del planeta. Ningún país, en mayor o menor medida, podrá afirmar con rotundidad que no padece de esta lacra social. Según un informe especial emitido por la Organización Mundial de la Salud, cada quince segundos, en alguna parte del mundo, una mujer es agredida por el sexo opuesto. La violencia de género, sea del tipo que sea, es la primera causa de deceso de mujeres que cuentan entre 15 a 44 años, por encima de la suma de fallecimientos femeninos a causa del cáncer, la malaria, los accidentes de tráfico y las guerras.

Es paradójico, que aun así, seamos señaladas como víctimas de una violencia de género extrema, cuando el 80% de la población musulmana del mundo vive en sociedades democráticas donde, de alguna u otra forma existen medidas de protección legal a la mujer y a la lucha contra la discriminación. Sin embargo, al igual que nos ocurre en Europa, la creación de leyes no son medidas suficientes para que la población asuma la responsabilidad de aceptarlas y llevarlas a cabo.

Es cierto. No podemos negar que en otras partes del mundo el Islam es utilizado como el paraguas protector para acometer todo tipo de aberraciones y violaciones de los derechos fundamentales de las mujeres, pero reducir la causa responsabilizando al Islam de todo ello, es absolutamente incorrecto e injusto.

Ante cifras como éstas no puedo sino solidarizarme con las mujeres de mi propio país y del resto del mundo, porque nos vemos afectadas ante un mismo cáncer social que lapida nuestros derechos, independientemente de nuestras creencias, ideologías y prácticas.

Soy mujer, trabajadora, empresaria, estudiante, activista, pensadora, esposa, madre, hija, joven, musulmana… pero por encima de todo, soy ciudadana. Como el resto de mujeres, exijo mi derecho legítimo a construirme y participar como sujeto político en libertad e igualdad, acompañando el proceso de empoderamiento del resto de mis compañeras de vida y luchando contra una pandemia de discriminación a escala mundial.

Publicado en Webislam

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