Yo, acosada

© Fotografía: M. Laure Rodríguez Quiroga

¡Que levante la mano la mujer que no ha sentido a lo largo de su vida algún tipo de violencia de carácter sexual!
Informes recientes apuntan que casi un 20 por ciento de las mujeres sufre acoso sexual en sus puestos de trabajo.

La Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la Igualdad Efectiva de Mujeres y Hombres lo define como: “Cualquier comportamiento de naturaleza sexual que tenga el propósito o produzca el efecto de atentar contra la dignidad de una persona en un entorno intimidatorio, degradante u ofensivo”.

Refresco la memoria y reaparece Nevenka Fernández, la primera mujer que logró sentar en el banquillo a un cargo político, Ismael Álvarez, exalcalde de Ponferrada, y ser condenado por acoso sexual.

Que una de cada seis trabajadoras lo sufra es un dato alarmante, aunque más preocupante es que un 35 por ciento de ellas decida abandonar el empleo o cambiar de sección, mientras que sólo un 3 por ciento plantea legalmente una denuncia. ¿Qué esta ocurriendo para que los viejos rostros de la represión machista asomen su garra con total impunidad?

En el caso de Nevenka fueron claros los juicios paralelos de condena a esta mujer que osó plantar cara al poder machista y desigual. Curiosamente, fue el propio PP, ese partido que presentó el II Plan Estatal contra la violencia de género, el mismo que defendió a capa y espada la postura de Álvarez, condenando a la víctima. Sobre ella volcaron toda su cobardía y sus frustraciones, contra la identidad de una mujer que fue capaz de poner en cuestión, de manera pública y sonora, la dominación masculina.

Por algún motivo, viene a mi mente también uno de los tópicos que más se repiten con respecto a la comunidad musulmana, y es precisamente la sensación de acoso sexual que viven las turistas cuando viajan a determinados países o a través de los hombres inmigrados en nuestra sociedad. Después de casi 20 años de contacto con la comunidad magrebí, tanto en origen como en destino, soy consciente de que este tremendo estereotipo tiene una base fundamentada, sin necesidad de una aportación empírica que lo corrobore. Yo misma he sufrido, y sigo sufriendo, una práctica demasiado extendida que manifiesta las desiguales relaciones de poder entre los géneros.

Da igual que el islam hable del recato en las miradas masculinas (hiyab), que se oriente para que las mujeres sean observadas acorde a su espiritualidad y no a su físico o del autocontrol en los instintos sexuales. La realidad, sin ánimo de querer generalizar, nos habla de comportamientos acordes a un concepto de masculinidad próximo a observar a las mujeres (especialmente las no musulmanas) como meros objetos sexuales o vaginas a las que penetrar.

Es evidente que en los últimos decenios las mujeres de todas las sociedades están cambiando su relación con el mundo, con los hombres y consigo mismas. Sin embargo, parece que la otra mitad, el género masculino, no parece haber adoptado y asimilado la gran diversidad legislativa que protege a las mujeres en materia de violencia sexual, en sus formas más diversas.

Texto original publicado en Cambio 16

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