Eternas menores de edad

Fotografía: M. Laure Rodríguez Quiroga

El Islam es utilizado una vez más como forma de regir las sociedades bajo un sistema jurídico, patriarcal y represivo
Una de las críticas más extendidas sobre el Islam, dirige la mirada hacia el tratamiento de las mujeres como si fueran eternas menores de edad. Si hacemos un recorrido por aquellos países que se autodefinen como islámicos, observamos que en demasiadas ocasiones niegan una autonomía personal al género femenino en igualdad de condiciones. ¿Tiene algo que ver el Islam? Evidentemente, no.

Tal vez, uno de los ejemplos más claros sobre esta cuestión es la exigencia de un tutor, exclusivamente para ella, que autorice el enlace matrimonial. Tenemos aquí el ejemplo de cómo se ha producido una intromisión del patriarcado, violentando de esta forma el mensaje del Corán y de la Sunna. Quiero insistir en la idea de que este tipo de prácticas no tiene su fundamento en el mensaje igualitario de la revelación coránica, sino en la tergiversación de las fuentes y en lecturas bajo un prisma deforme y sexista.

La justificación para esta interpretación la basan en el hadiz: “no hay matrimonio sin un wali, la dote y dos testigos”. Es curioso que haciendo un mínimo análisis serio del tema, no se encuentre que el término wali corresponda exclusivamente a la mujer y muchísimo menos que éste deba dar su consentimiento final para el enlace.

El Islam es utilizado una vez más como herramienta para regir las sociedades bajo un sistema jurídico, patriarcal y represivo. Se establecen todo un conjunto de reglas a obedecer, arrebatando la libertad y el califato a las personas a través de una serie de estructuras de poder o instituciones (en este caso, la familia patriarcal) que subyuga los derechos fundamentales de las mujeres. Quedamos reducidas, según estas lecturas, a la concepción rousseausiana de seres infantiles e irracionales sobre los que es preciso intervenir.

En distintos versículos del Corán se menciona la cooperación mutua e íntima entre mujeres y hombres, de modo que uno/a no es nada sin el otro/a. Esto contradice la pretensión de que la mujer deba tener un “tutor” varón, negándole a ella su estatus de califa en la tierra, plenamente responsable de sus actos. Esto es absolutamente denunciable y repudiable, por lo que nos debemos al imperativo moral de luchar contra esta injusticia.

Pero ¿qué ocurre cuando estas prácticas se desarrollan en el espacio español? Tras los Acuerdos del 92, se reconoció el derecho a celebrar uniones matrimoniales según el rito islámico. En la mayor parte de mezquitas se sigue recogiendo como requisito la autorización de un tutor que incluso pueda llegar a sustituir la presencia de la mujer durante el acto.

Yo me pregunto cómo un Estado de derecho, como el nuestro, puede consentir este tipo de prácticas discriminatorias, que como afirmo, son contrarias al Islam. Las confesiones religiosas se rigen según el Derecho Privado, pero la pluralidad de formas matrimoniales deben respetar las normas de rango superior, como son la propia Constitución española o la Ley de Igualdad. Consentirlo, es simplemente deleznable y convierte a la Administración en cómplice del patriarcado.

Publicado en Cambio 16

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