Trabajadora expulsada por negarse a llevar “Hiyab”

© Fotografía: M. Laure Rodríguez Quiroga

¿Es comprensible que el discurso del respeto a los derechos humanos se use como paraguas antimusulmán?

Nada hacía sospechar a Isabel, católica de cultura, que sería expulsada de su puesto de trabajo en la cadena de supermercados Musulmandia, cuando se negó, el pasado jueves, a colocarse un hiyab en la cabeza para desempeñar su labor de cajera como venía haciendo cada día desde hacía dos años atrás. La empresa musulmana, pionera en distribución de comida con certificado Halal, sustenta que la normativa interna de la empresa es clara en prohibir “cualquier tipo de ostentación a ideologías políticas tanto en el lenguaje como en la forma de sus indumentarias”, afirma Almudena Zegrí, directora de Recursos Humanos de la cadena.

De esta forma, la empresa considera que el no cubrir su cabeza en el puesto de trabajo de Isabel, en atención directa al público, evidencia una muestra clara de lo que puede suponer su “posicionamiento político hacia el ateísmo y por lo tanto hacia el laicismo”. Mantienen que la postura adoptada por la trabajadora no musulmana podría herir la sensibilidad de sus clientes, mayoritariamente musulmanes. De la misma forma, Isabel fue informada en reiteradas ocasiones de que debía usar el hiyab en el trabajo “por cuestiones de seguridad”, tal y como ha justificado en un comunicado oficial la portavoz de la empresa.

Evidentemente, este texto es ficticio, pero ¿qué ocurriría si en alguna ocasión leyésemos una noticia de esta envergadura? ¿seríamos capaces de quedarnos de brazos cruzados observando esta evidente muestra de discriminación? Posiblemente, la primera reacción sería la de acusar a la empresa de ateofóbica para dar paso a un sentimiento entremezclado entre asombro y rabia, entre alucinación y repulsa…

Si fuésemos capaces, ante este caso hipotético, de pensar así y actuar en consecuencia, ¿por qué aplaudimos y damos por sentado que la reciente postura tomada por la FIFA es la correcta? Negar a las jugadoras de fútbol femenino iraní su participación deportiva por su manera de vestir es cuando menos el refugio, políticamente correcto, de la islamofobia. ¿Es comprensible que el discurso del respeto a los derechos humanos, y en consecuencia al de las mujeres, sea utilizado como paraguas protector de posiciones antimusulmanas?

Esta postura muestra con claridad la alteridad que sufrimos la ciudadanía musulmana en Europa, especialmente las mujeres, cuando se marca esa diferencia entre el “nosotras” y “ellas/vosotras”, entre las “europeas” y las “musulmanas” (como si una musulmana no pudiese ser europea al mismo tiempo). Es curioso observar cómo se va conformando en el imaginario colectivo el hecho social de ser “europea”, universalizando un prototipo de ciudadana definido por el cristianismo y más recientemente el ateísmo. Las musulmanas (y musulmanes) quedamos reducidas a la perspectiva de ser “la otra” y no una parte integrante de la sociedad. Según la absurda argumentación de la FIFA para este caso, ¿por qué no considerar el no uso de pañuelo como una muestra pública de posturas políticas? ¿No será que se está reproduciendo el mismo esquema colonialista de antaño?

Artículo publicado en Cambio16

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