La indignación de la Primavera Árabe

© Fotografia: M. Laure Rodríguez Quiroga

Es interesante dibujar un mapa político de la realidad que se está viviendo en el interior de las sociedades musulmanes. Resulta curioso ir plasmando las diversas causas que han generado las revueltas, envueltas tanto por factores internos como externos. En definitiva, no dejan de ser un reflejo del proceso de globalización en el que están inmersos nuestros sistemas a nivel mundial.

Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía ya nos lo advirtió, cuando afirmó que el sistema en el que vivimos está gravemente enfermo, al padecer una “hemorragia interna” difícil de sanar con las medidas que se están tomando.

Lo que se está viviendo a escala mundial, es un momento de catársis colectiva como forma de proclamar una indignación y una desconformidad. Es una reacción universal al fascismo, al totalitarismo, contra esos sistemas agresivos a nivel económico, político y social que nos han privado de nuestros derechos más fundamentales.

Existe una frase de Stéphane Hessel con la cual me siento claramente identificada (ya no solo como europea y joven, sino también como musulmana). Esta llamada de alerta podría trasladarse al mismo sentimiento que se está viviendo en las revueltas de lo que se ha venido a llamar como la “Primavera Árabe”:

“Mirad a vuestro alrededor, encontraréis los hechos que justifiquen vuestra indignación […]. Encontraréis situaciones concretas que os llevarán a emprender una acción ciudadana fuerte: ¡Buscas y econtraréis!”

De la indignación individual se ha pasado a una reacción comunitaria para lograr los tres puntos que Abu Alqasim Al Shabi, poeta tunecino, ya comentaba hace un siglo: liberación; libertad; y modernidad.

Por un lado, existe un fuerte sentimiento de liberación, no sólo del imperialismo occidental, sino también de los propios sistemas oligárquicos y dictatoriales en los que se viene viviendo desde hace siglos. Cada vez con más fuerza se realza la necesidad de una liberación de tipo espiritual, rompiendo con un sistema clerical deforme y contrario a la cosmología islámica. Las sociedades musulmanes actuales están ahogadas bajo unos sistemas de represión que subyuga los derechos más fundamentales de su población, independientemente del sexo, la tendencia política o religiosa.

Hay una extrema necesidad de alcanzar la libertad, como seres humanos, como ciudadanía, como comunidad, como sociedad en definitiva. La imposición hegemónica de determinadas corrientes ha privado del cumplimiento de los derechos humanos más básicos y elementales. De la cosmología islámica, en su lectura política del Coran extraigo una idea fundamental: El Estado debe estar al servicio del pueblo, y no el pueblo al servicio del pueblo, tal y como ocurre en la actualidad. Es preciso romper con esta idea.

Por último, se encuentra la necesidad de alcanzar la modernidad (a la que hacía alusión Abu Alqasim Al Shabi), o siendo más justos, yo hablaría de democracia. No puedo negar que el concepto de modernidad responde a un reemplazo del pasado por proyectos actuales, y por lo tanto, lo que se vive hoy en día en los contextos islámicos, se basan en  criterios caracterizadores de los últimos siglos, en absoluto a las bases ideológicas del propio Islam.

Por eso, me decanto más en hablar de democracia. Una democracia participativa que lucha por alcanzar la justicia social y cuya premisa se centre en la igualdad social y la igualdad de género.

Sorprende cuando se sostiene que estos tres puntos, tan instalados en nuestro esquema europeo como los propios de nuestra creación, son la base ideológica de la ética islámica. Sí, efectivamente, hace casi quince siglos en una sociedad patriarcal como la imperante en la Península Arábiga, irrumpió toda una revelación coránica y una forma de vida rompedora que desbancó al Antiguo Régimen y se cimentaron las bases de lo que podría entenderse como una Revolución Liberal.

La intromisión de todo un constructo teórico permitió que la defensa de la dignidad humana, la democracia y el bien común fuesen la base fundamental de su propia existencia. Y es ahí donde radica el sentido real de todo este conjunto de revueltas que se siguen viviendo, y que no quieren sino reclamar lo que es legítimo. Es una muestra de indignación como resistencia hacia toda dictadura y recuperar un sistema de vida (religioso o no), basado en valores éticos, de justicia y de libertad.

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