Eso no es para chicas

© Fotografía: M. Laure Rodríguez Quiroga

Recuerdo que cuando tenía seis años pasaba diariamente frente al escaparate de una juguetería que exponía un coche a pedales, de un color rojo llamativo que despertaba todo mi interés. A pesar de mi insistencia, de mis rabietas y mis llantos, la argumentación de mi madre para no comprarlo era clara: “los coches son juguetes para niños”. Años más tarde, habiéndome tragado horas infinitas de entrenamientos y partidos, le propuse a mi padre mi voluntad de jugar al fútbol y su respuesta fue tajante: “el fútbol es para los chicos”. Cuando terminé lo que en aquel entonces se denominaba EGB, quise elegir una formación profesional dirigida a la electrónica, siendo clara la contestación: “la electrónica es para los chicos”.

Es evidente que tuve que aceptar con resignación que mi ocio debería ocuparse en jugar con la muñeca Nancy o las Barriguitas, que mi deporte ideal sería la gimnasia rítmica y una formación encaminada a módulos administrativos, porque eso era lo correcto para el género femenino. Nunca lo entendí, sinceramente.

Me fui haciendo mayor y seguía sin comprender el por qué de esas distinciones. Cuando en el instituto le pregunté al profesor de gimnasia la razón de que los chicos tuviesen duchas colectivas y las mujeres individuales, no pudo optar a una mejor explicación que afirmar: “las mujeres sois más envidiosas”. ¿Qué relación tiene ser mujer con ser envidiosa? Y aún más allá: ¿qué relación tiene ser envidiosas con tener duchas individuales? Tampoco lo llegué a comprender.

Fui creciendo, y le tocó el turno a la universidad. Era evidente que solamente podía tener opción a elegir una carrera “típicamente femenina”, así que me decanté por Trabajo Social. En nuestra pequeña universidad, el primer año nos encontrábamos 112 mujeres frente a cinco varones, que, curiosamente, una vez finalizada la carrera todos ellos encontraron un puesto de trabajo en el mismo lugar en el que habían desarrollado las prácticas. Muchas de nosotras terminamos trabajando en precarios trabajos como cajeras, dependientas o semicontratadas- semivoluntarias en alguna ONG.

Me encantaría decir que esta percepción sobre las desigualdades es fruto de mi propia experiencia de vida, y que por lo tanto es aislada o anecdótica, pero no es así. A lo largo de la historia hasta la actualidad, se siguen produciendo situaciones similares o aún más graves.

Pero, ¿por qué se produce esto? En todas las culturas, y desde el primer momento del nacimiento de un nuevo ser (incluso ya desde el embarazo), se estipulan una serie de roles y formas de comportarse acordes a la identidad sexual. A partir de ahí, la sociedad conforma culturalmente la identidad de género y los estereotipos que llevan tras de sí un conjunto de normas, valores, deberes o prohibiciones de lo “típicamente masculino o femenino”.

Han pasado los años y sigo sin comprender cómo, a pesar de los programas educativos, un niño que elige el color rosa es un “mariquita” y una niña que juega al fútbol es un “marimacho”… ¡sigo sin comprenderlo!

Publicado en Cambio 16

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