Musulmanas en lo público

Fotografía: M. Laure Rodríguez Quiroga

Hace meses que venimos siendo testigos de momentos de catarsis colectivas en diferentes sociedades árabes, ante un reclamo legítimo de mayor libertad, liberación y democracia. Parece que esas proclamas de indignación y disconformidad han generado en los países del norte, una cierta empatía por un discurso aparentemente laico. En el momento que se intenta hacer un análisis de la realidad y de la participación de las mujeres bajo el prisma del feminismo islámico, un gesto fruncido y desconfiado marca una barrera de rechazo evidente ante lo que para muchos podría ser un echo de corte religioso.

Es evidente que para acercarnos al Islam necesitamos quitarnos esas gafas occidentales a través de las cuales analizamos a las otras culturas, en base a una construcción identitaria del “nosotros/as” cimentada en una cristiandad histórica y más recientemente en una laicidad aparentemente exclusiva. Esa perspectiva eurocéntrica impide que realicemos un entendimiento objetivo del que consideramos “el otro/la otra”, como si la recepción se hiciese bajo un esquema cartesiano, libre de prejuicios y representaciones estereotipadas ancladas en nuestro imaginario colectivo. Especialmente en el caso del Estado español, todavía existen mujeres que no han sido capaces de superar sus propias experiencias traumáticas de una dictadura franquista en absoluta connivencia con la Iglesia católica de entonces. De esta forma, trasladan su visceral rechazo al Islam en función de sus propias interpretaciones subjetivas e irracionales a partir de todo un conjunto de frustraciones, prohibiciones y represiones vivenciadas en un pasado aun no superado.

Se repite una y otra vez que el Islam es una religión y que por lo tanto, situar los discursos desde la religión supone dar un paso a atrás a la liberación de las personas. No importa que se intente explicar que el Islam no es sinónimo de religión, sino más bien una opción de corte espiritual cuya forma de vida es totalmente compatible con la igualdad de los géneros, con una base de lucha para la consecución de la justicia social y por lo tanto, totalmente acorde a la democracia.

Hay quien incluso, rechaza la posibilidad de que se impartan conferencias sobre feminismo islámico en espacios públicos, porque al considerar el Islam una religión, ésta debería quedar en el ámbito privado de las personas. Creo que cualquier totalitarismo utiliza la represión para subyugar los derechos más fundamentales de su ciudadanía, especialmente el de las mujeres. Así, lo primero que se nos roba es la palabra.

Esa ha sido la fuerza del patriarcado, ese machismo lingüístico que además de robarnos la voz, ha conseguido que las mujeres musulmanas quedemos invisibilizadas, denigradas y excluidas del lenguaje, y por lo tanto, de la socialización histórica. Por eso, es preciso que ocupemos el espacio público, todo el espacio publico sin excepción para que se pueda realizar una defensa pública de una opción privada, ejerciendo nuestro derecho legítimo a ser ciudadanas libres.

Publicado en Cambio 16

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