Guardianas del patriarcado

Fotografía: M. Laure Rodríguez Quiroga

Cada vez que imparto una conferencia o escribo un artículo de opinión sopeso las consecuencias de mi ya sabida incontinencia verbal en la lucha contra la injusticia de género. Me pongo esas gafas moradas, y observo la sociedad o las comunidades desde el prisma del género, haciendo verdaderos ejercicios para no caer en ese eurocentrismo que solo permite una única lectura y solución a una situación determinada. Y es curioso, porque si bien una misma realidad puede interpretarse de distintas maneras dependiendo del contexto y el momento, existe una característica común a nivel global: el adoctrinamiento que hemos sufrido las mujeres para convertirnos en las guardianas del patriarcado.

Ante esta maravillosa oportunidad de realizar una denuncia social ante un público que escucha y lee, espero de entre todas, las reacciones de las mujeres musulmanas, sabedora de mi propia provocación al llamar a las cosas por su nombre y romper con todo un sistema impuesto (y contrario a la cosmología islámica). De igual forma, permanezco a la espera de las reticencias de ese otro lado, no musulmán, para recibir de sus mujeres un ataque frontal, directo y en ocasiones con un corte absolutista. Y quiero insistir sobre esta idea: las mujeres hemos sido aleccionadas para defender el sistema patriarcal, un modelo que no solo subyuga los derechos de las mujeres, sino que se presenta como una plantilla cimentada en una horma violenta per sé: con el medio ambiente; con el sistema económico; con las relaciones humanas; con las “otras” formas de entender la vida, la cultura o la opción espiritual; etc.  En definitiva, una violencia que traspasa las fronteras de las acciones y que impregna el orden simbólico: un patrón castrador que asocia al principio masculino con el orden, la luz y la verdad, mientras que lo femenino se conexiona al caos, la oscuridad y la mentira.

La posibilidad de formar parte del ciberactivismo posibilita que las infinitas horas que se pasan frente al mundo de lo virtual, se conviertan en un apasionado campo de estudio empírico, observando, analizando y concluyendo las distintas maneras en cómo las mujeres nos relacionamos y defendemos esa estructura que durante siglos ha sido la célula básica de socialización y la fórmula social predominante por excelencia en la mayor parte del globo. A lo largo de estos años, en la medida que una misma va adquiriendo mayor protagonismo y notoriedad mediática, se va convirtiendo en un chivo expiatorio sobre el que lanzar unas garras despiadadas para que se guarde silencio, relegando al espacio del que nunca se debería haber salido: el hogar, como si eso tuviese algo que ver con el islam.

Existe un tópico extendido que sostiene que son los hombres “barbudos y extremistas” los que  tienen cautivados los derechos femeninos. Y no lo negaré, pero se disfrazan bajo cuerpos de mujer para demostrar que están cumpliendo con el objetivo para el que han sido moldeadas: proteger y difundir un orden dominante influyente en la esfera familiar, social, económica y política.

Publicado en Cambio 16
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