Dialogar al son de torturas sexistas

Ilham Hasnouni es una joven marroquí de 21 años, considerada como la presa política más joven del país vecino, Marruecos. Poco ha trascendido en la comunidad internacional, la denuncia que su entorno ha venido proclamando a lo largo de estos meses acerca de la forma en cómo se produjo la detención y la situación de tortura a la que fue sometida durante los interrogatorios. Me produce escalofríos ser consciente que la misma historia de Ilham se repite en cualquier rincón del planeta, incluso en aquellos países, como el nuestro, que se autodefinen como Estados de derecho y democráticos. Pero hay algo que me resulta aun más repudiable, si cabe, ante esta práctica inhumana, y es cuando la tortura cobra un talante sexista.

En la tortura hay un desprecio incuestionable hacia la dignidad del ser humano, que cobra unas dimensiones  preocupantes cuando las tipologías de esta práctica son una manifestación de la violencia hacia las mujeres que afecta directamente a su integridad física y psicológica por su mera condición de mujer.

A la gravedad y el daño irreparable que de por sí tiene el uso de la tortura o los malos tratos ejercidos sobre las personas detenidas, hay que sumar un tipo de violencia que muestra un desprecio hacia las mujeres como personas de inferior categoría. Además de los métodos habituales de tortura, las mujeres sufren en la mayoría de los casos un extra de violencia dirigida a perpetuar y reforzar la evidente discriminación sexual. Las técnicas de tortura sexista tienen el claro objetivo de someter a las mujeres, instrumentalizando el sexismo como una forma más de destruir a la persona.

Obligadas a desnudarse durante horas, tocamientos en las zonas genitales mientras son forzadas a mantener posturas sexualizadas, amenazas de ser violadas, simulaciones de violaciones o directamente cometiéndolas, amenazas de dejarlas embarazadas, de contagiarles el SIDA, intimidación de hacerlas abortar en el caso de mujeres embarazadas, insultos y expresiones sexistas, obligadas a masturbarse y un sinfín de prácticas vejatorias que son cometidas impunemente por un grupo de personas que detentan un poder jerárquico, represivo y patriarcal.

Concluyo recogiendo una poesía de José Agustín Goytisolo, reconociendo el dolor y sufrimiento de quienes han sido víctimas de esta sinrazón, especialmente si la persona sufre una doble discriminación: ser torturada y ser mujer.

En este mismo instante hay una mujer que sufre, una mujer torturada tan solo por amar la libertad. Ignoro dónde vive, qué lengua habla, de qué color tiene la piel, cómo se llama, pero en este mismo instante, esa mujer existe, grita, se puede oir su llanto de animal acosado, mientras muerde sus labios para no denunciar a los amigos ¿Oyes? Una mujer sola grita maniatada, existe en algun sitio ¿he dicho sola? ¿No sientes, como yo, el dolor de su cuerpo repetido en el tuyo? ¿No te mana la sangre bajo los golpes ciegos? Nadie está sola, Ahora, en este mismo instante, también a ti y a mí nos tienen maniatadas.

Publicado en Cambio16

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