Esclavitud en los invernaderos españoles

El sur español es un espacio turístico, cuyas playas y su caluroso clima suponen un reclamo para quienes quieren satisfacer la necesidad de descanso. Pero tras esos kilómetros de costa se presenta otra realidad alejada del bienestar social, oculta bajo los invernaderos industriales donde se esconde la realidad de inmigrantes que trabajan en condiciones extremas. Turistas británicos, raramente son testigos de lo que albergan los kilómetros cuadrados de plástico elevados sobre las llanuras costeras.

Una investigación realizada por el periódico The Guardian ha puesto al descubierto la explotación laboral de decenas de miles de inmigrantes dedicados en el sector agrícola. No es casual el interés de la publicación, dado que de los 2 millones de euros que mueve esta industria en el Sur de España, buena parte del cultivo de verduras van destinadas a la venta en los supermercados británicos.

No es novedosa la denuncia de los abusos que se cometen con el colectivo de trabajadores, especialmente en el caso de personas inmigradas en situación irregular. Los últimos años, salpicados en España por la crisis económica, ha provocado que miles de personas que trabajaban en el sector de la construcción, ante el declive y colapso vivido en el sector inmobiliario hayan querido dirigir sus esperanzas hacia la horticultura, lo que sin duda alguna ha deteriorado un sector castigado por los abusos.

Especialmente Almería, que desde finales de los ochenta ha experimentado el auge del sector hortofrutícola, cubre la demanda del Reino Unido en la producción de ensalada fresca durante todo el año, que surten de hortalizas cuando la temporada de recogida concluye en los países del norte de Europa. Poder competir con el mercado europeo requiere un abaratamiento de costes, lo que implica en demasiados casos poseer una gran cantidad de mano de obra barata, flexible y dinámica, con contrataciones temporales y despidos repentinos. Las duras condiciones laborales, las temperaturas extenuantes, próximas a los 45ºC, y la irregularidad en la contratación resultan poco atractivas para la población local. De esta forma, la mano de obra procedente de la inmigración, especialmente los que se encuentran en situación irregular, suponen un desahogo para los productores que quieren formar parte del mercado internacional.

Y parece que los márgenes de los agricultores españoles se han exprimido aun más desde que comenzase la crisis, al contrario de lo que ocurre con los costes derivados de los combustibles y fertilizantes que siguen en auge. Ante esta realidad, queriendo competir en el mercado y obtener beneficios, recortan los salarios dado que es el único elemento de los costes de producción que pueden controlar. Es difícil cuantificar el número de personas empleadas en el sector, dada su variabilidad, aunque Juan Carlos Checa, investigador de Antropología Social en la Universidad de Almería, sitúa la cifra de “trabajadores migrantes entre los 80 mil y 90 mil, hacia abril de 2010”.

Islámico.org ha accedido al testimonio de un hombre de 36 años que dice llamarse Abdullahi Fall, un ciudadano de origen senegalés que llegó a las costas españolas en el año 2005. Pocos son los que se atreven a dar la cara, a dejar grabarse o fotografiar por miedo a que su imagen sea difundida y llegue a la vista de sus familiares en origen. La vergüenza de verse en semejantes condiciones, hace que la sensación de angustia se vea aun más acrecentada si cabe. Su licenciatura en empresariales de poco le sirvieron para abrirse paso en el mercado laboral, ni en su país de origen ni destino, por lo que tras un arriesgado viaje en un barco de pesca, consiguió emprender una nueva vida entre los invernaderos almerienses. De su viaje, poco quiere contar, aquella pesadilla se quedó en el pasado ante la realidad que se encontró a su llegada a España.

Vive en un chamizo construido por él mismo, cerca de la zona de los invernaderos. Ha sabido reutilizar los palets de madera que se utilizan para el transporte de las cosechas, para crear la estructura de su vivienda, recubierta con cartones y forradas con viejos trozos de plástico. “Después de 12 horas de trabajo, con un calor que alcanza a veces los 50ºC llego a casa y ni siquiera tengo agua para ducharme”, comenta Abdullahi. “Alrededor mío existen otras chabolas, unas son más grandes, pero ninguna tiene agua potable”, añade. En ocasiones, se producen situaciones de hacinamiento. Abdullahi habla de una de las chabolas más próximas a su manufacturada vivienda, “alli viven 6 personas en un espacio casi igual que el mío, y además tienen dentro también el camping-gas que es su cocina”.

Cuenta que hace unos meses estuvo trabajando en otro invernadero cerca de Roquetas de Mar. “Allí vivía en un cortijo semiderruido, pero que el agricultor del invernadero para el que trabaja nos lo alquilaba a otras 20 personas más. Allí tampoco había agua, cada 15 días venía un camión cisterna y llenaba los bidones que teníamos junto al cortijo. Encima lo teníamos que pagar de nuestro salario”. Abdullahi abandonó aquel trabajo después de sufrir un fuerte altercado con el agricultor, “me debía 300€, decía que porque todavía no le habían pagado a él. Pero él tiene dinero en el banco, comida en el plato todos los días y una casa digna. Nosotros vivíamos hacinados 20 personas en un edificio abandonada que nos lo alquilaba de forma ilegal porque ni siquiera era suyo. En mi país jamás he vivido como aquí, y encima soportando el racismo de la gente del pueblo. Nos dicen que olemos mal ¿pero cómo no vamos a oler mal si no tenemos dinero ni para ducharnos? Vivimos peor que los perros de mi país, a veces no tenemos ni para comer. Yo estuve dos días sin comer y por eso decidí marcharme de allí porque si no iba a cometer una locura. Tampoco me atrevía ir a denunciarle ¿para qué? ¿para que me expulsen? Soy el negro y él es el de este país, que además está haciendo dinero gracias a cómo nos explotan.

No todas las personas que se encuentran viviendo en la zona se encuentran en situación irregular. “Mi vecino, tiene papeles pero ¿de qué le sirve si no nos hacen contratos? Tenemos serios problemas para trabajar, a veces tiran tanto los precios por el día que cada vez es más difícil competir. El otro día pagaron 15€ por trabajar más de 8 horas. La gente necesita para comer y se agarra a lo que le ofrezcan, aunque sea un trabajo de esclavo”.

The Guardian extrajo conclusiones a raíz de la investigación que son lo suficientemente alarmantes como para pasar ignoradas por la Administración española:

– Los trabajadores migrantes procedentes de África viven en chabolas hechas a base de cajas viejas y láminas de plástico, sin servicios sanitarios ni acceso a agua potable.
– Habitualmente, los salarios son inferiores a la mitad del salario mínimo legal.
– Los trabajadores sin papeles se ven amenazados con ser entregados a la policía si optan por quejarse de sus condiciones laborales.
– Acusaciones de la segregación impuesta por el acoso policial cuando estos trabajadores africanos se alejan fuera de las zonas de ubicación de los invernaderos y se adentran en las zonas turísticas.

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