La Verdad es hija del Poder: construyendo el islam

Mencionar la palabra “islam” es suficiente para que se activen toda una serie de mecanismos de defensa que impiden una interlocución en igualdad de condiciones. Ni qué decir tiene afirmar “soy musulmán/a”, porque automáticamente uno es relegado al grupo de los excluidos, reduciéndonos unívocamente a una forma de pensamiento o acción.

Me resulta, cuando menos, una depravación, encasillar a un ser humano en torno a una serie de ideas preestablecidas, presuponiendo que actuará o pensará de una manera determinada por el mero hecho de ser musulmán. Curiosamente, muchas personas llegamos al Islam buscando una paz interior y sin embargo, nos terminamos encontrando envueltos en conversaciones banales, como si tuviéramos que estar continuamente justificándonos de nuestra elección, e intentando hacer ver que nuestra realidad, contexto y comprensión del islam va más allá de las ideas estereotipadas a las que se hace referencia.

Es aquí donde no puedo sino sentirme claramente identificada con las reflexiones que mantenía Foucault sobre el Poder y la forma en que éste se erige para imponer la verdad. Un Poder que se desarrolla en una razón que ve, una razón que controla y una razón que domina, y que en consecuencia, crea “la Verdad”. El Poder solo puede subsistir sofocando las otras verdades, y para ello se vale de todos los medios posibles que pueda conquistar, para penetrar en las conciencias, para sujetar a los sujetos y conformar la subjetividad de los receptores. Parece no ser demasiado casual que el 99% de las noticias referidas a las personas musulmanas, se hagan desde una percepción negativa.

Por eso, me resulta ridículo observar cómo se nos denigra a meros cuerpos sin cabeza, seres irracionales que actúan en base a una fe ciega, presuponiendo su propia objetividad. En medio de sus deformadas afirmaciones o pensamientos, se nos priva de la capacidad racional, justificada bajo el paraguas protector de la ceguera que implica el seguimiento de una creencia determinada, como si eso implicara necesariamente estar en desposesión de nuestra propia interpretación de la realidad.

No es fácil tomar conciencia de esta manipulación, porque la Verdad se repite con perseverancia, una y otra vez hasta el punto de asimilarse como esa verdad absoluta que es capaz de ver al otro como un ser desposeído de razón. Y es aquí donde cobra especial fuerza el descrédito de los pensadores y pensadoras del islam contemporáneo, como si un manto de irracionalidad envolviese nuestros presupuestos ideológicos. Aun recuerdo la tajante y, por qué no negarlo, menguada afirmación de una profesora universitaria que en pleno debate mediático solo pudo recurrir a una frase lapidante: “tu hablas desde tu experiencia personal como musulmana, pero yo desde la objetividad académica”, para borrar de un plumazo toda una trayectoria profesional e intelectual sobre la materia.

Esa es la fuerza del Poder, al mostrar la intolerancia más obscena que priva otras interpretaciones posibles, o como decía Nietzsche “no hay hechos, hay interpretaciones”. La Verdad no es sino una interpretación del poder que de forma hegemónica ha impuesto en las conciencias, sujetando a los sujetos en torno a la interpretación del Poder. Porque la Verdad es la hija del Poder.

Publicado en Nurain Magazine

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