Feminidad tullida

Cada 8 de marzo, mujeres de todo el planeta, especialmente las vinculadas a alguna organización, dedican parte de su esfuerzo a escribir algún artículo que refleje la realidad, desigual dígase de paso y aprovechar ese día para reivindicar lo que debería de ser legítimo. Se me ocurren mil y un temas para tratar y que den cabido a lo absurdo de un sistema que lejos de tratarnos en igualdad de condiciones, sigue subyugando los derechos fundamentales del género femenino.

Sin lugar a dudas, uno de los temas que viene llamándome poderosamente la atención es el referido a la cosificación del cuerpo de las mujeres. Poco hemos avanzado, cuando siglos después de intenso trabajo, las mujeres seguimos quedando reducidas a meros objetos sexuales.

Pasear por las calles de una zona comercial, debería ser suficiente para despertar la alarma y tomar conciencia de que algo falla. Escaparates que se ven alimentados por carteles publicitarios y por anuncios televisivos dirigidos a diseñar un prototipo de mujer artificial, irreal, en definitiva deforme. Una dictadura de los cuerpos “perfectos” diseñada para el consumo.

Zapatos con unos tacones monstruosos, capaces de provocar trastornos en la columna vertebral. Medias Push-up que realzan los glúteos a juego con sujetadores que realzan el pecho hasta el punto de aumentar 2 tallas. Máscaras de pestañas efecto “pestañas postizas”. Extensiones para el cabello. Uñas de porcelana. Crema para la cara efecto lifting. Desodorante que producen axilas de seda. Y un sinfín de productos que lejos de liberar, esclavizan en un nivel de consumo diseñado para crear una belleza artificial.

Y por si la cosa fuera poco preocupante, la tendencia se encamina a buscar una belleza infantilizada en la que incluso se empieza a ver una erotización de niñas, que lejos de respetar el desarrollo equilibrado a cada grupo de edad se generan estados poco sanos y tendentes a unos trastornos de la alimentación cada vez más precoces. Todo para conseguir el ideal de belleza que se quiere imponer.

Ante esta patética realidad, cada vez son más las mujeres que deciden poner un punto y aparte. Mujeres que se rebelan ante una feminidad tullida, una mística de la feminidad y de la belleza propia de un sistema capitalista que considera y trata a las mujeres como un objeto de su propiedad, sometiéndolo a su antojo y voluntad.

Para ello, hay quien decide tomar posesión de su cuerpo y plantarse frente al púlpito de una iglesia con los pechos al descubierto, queriendo demostrar a través de esa acción simbólica, que el cuerpo es propiedad de una misma y que ella decide cuándo y dónde exponerlo. Dueña de sí misma.

En el lado opuesto, y también como una forma de protesta, existen mujeres que deciden cubrir su cuerpo por completo, tomando posesión de sí mismas ante una muestra radical de insurrección: “mi valor más preciado es mi interior y si no lo quieres aceptar, te fuerzo a hacerlo”. Otra forma de adueñarse de su propio cuerpo.

Y por supuesto, mujeres que defienden que “la arruga es bella”, que las canas son una muestra de sabiduría, que la talla 42 forma parte de la constitución mediterránea, y un largo etcétera de formas de enfrentarse a un modelo y a un sistema castrador de la belleza real.

Publicado en Red Musulmanas

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