El islam de las mujeres

Jesús Rodríguez 1 NOV 2015. La cita es en una cafetería grande e impersonal próxima a la Puerta del Sol de Madrid. Toman asiento nueve mujeres españolas entre los 17 y los 30 años. Todas son universitarias. Hay una médica, una abogada, un par de periodistas y psicólogas y otras que aún permanecen en las aulas de Medicina, Arquitectura o Derecho. Todas son musulmanas. Todas llevan el pañuelo islámico, el hiyab, sobre una capucha de tejido elástico que cubre su cabello, cuello y orejas, y deja al descubierto el estricto óvalo de la cara sin rastro de maquillaje. Ellas responden, con ironía y fastidio, como si fuera una pregunta que han tenido que contestar demasiadas veces, que no, que nadie les obliga a llevarlo; que detrás de cada pañuelo no hay un padre autoritario, un imam radical o un marido opresor. “Está nuestra creencia e identidad. ¿Cree que aceptaríamos una religión que nos oprimiera? No somos tan tontas. Vivimos en un Estado de derecho”, afirma Dina, de 23 años, estudiante de Medicina.

“Y en el caso de que fuéramos tan tontas para meternos en ese infierno, lo lógico es que la gente nos compadeciera, nos tratara bien y no nos mirara con odio o nos negara un puesto de trabajo por llevar velo”. La conversación es intensa. Están orgullosas de su religión. Y son buenas en la dialéctica. No dan un paso atrás. Confiesan que entre ellas el debate es continuo y se extiende a colectivos de musulmanas en todo el mundo a través de las redes sociales. Es su arma para desentrañar la realidad de sus creencias. Y el rol de la mujer en el islam. Por primera vez en siglos. Quizá desde el papel protagonista de Aisha, la segunda mujer del profeta Mahoma, hace 1.400 años. Guerrera, política y jurisconsulta, con una personalidad que ensombrecía la de los compañeros del profeta, junto a los que rezaba sin celosías, es el icono de mujer que reivindican las musulmanas más avanzadas: el símbolo de la lucha por sus derechos y por la justicia social en un marco espiritual islámico.

Las mujeres musulmanas españolas que han hablado para este reportaje han ido escalando en el conocimiento de su religión desde una base cultural mínima heredada de unos padres inmigrantes, generalmente marroquíes, sin estudios, que durante tres décadas han estado más preocupados por sacar adelante a sus familias en la diáspora que de profundizar en el Corán, más allá de la religiosidad popular y las reglas tribales machistas.

Para los musulmanes de primera generación en España, la religión era un útil recurso coercitivo cuando sus hijas querían salir por la noche o ir a la piscina. Ante la duda, su respuesta era invariable: “El islam no lo permite”. “Se escudaban en la religión para educarnos porque no sabían qué respuesta darnos lejos de la comunidad de origen”, relata Najat Driouech, de 34 años, que llegó con 9 a Cataluña (se puso el velo a los 28); licenciada en Filología Árabe y con una larga carrera de mediadora en temas de género e islam, que la ha llevado a dar conferencias en Bruselas y EE UU y que confirma la efervescencia religiosa entre las musulmanas en los últimos años. “Yo tuve más información del islam en primero de carrera que en toda mi vida anterior. Cuando comencé a estudiar (por ejemplo, el libro de Dolors Bramon Ser mujer y musulmana), comprobé que no tenía nada que ver con lo que nos habían enseñado. Que no decía nada de quedarse en casa. El islam debe ser el que tú estudies e interpretes. El que sientas. Y ahí no hay sitio para la discriminación”.

Mujeres musulmanas y españolas Las hermanas Sokayna (izquierda) y Najat Driouech, en una calle de Masnou (Barcelona). / Alfredo Cáliz

–¿Es usted feminista?

–Cien por cien. Pero no creo en las feministas que quieren salvarnos y piensan que somos unas esclavas.

–¿El pañuelo es obligatorio?

–Lo decides tú. Y si te lo pones… sabes que no vas a ascender en tu trabajo.

La explosión comenzó cuando esa segunda generación de mujeres creció, se lo puso y salió a la calle. Un pañuelo que no siempre era religioso; podía ser estético, identitario, político, contestatario o de tribu urbana. Pero era una llamada de atención. Ellas existían. Reivindicaban su religión. No eran incultas ni sumisas. Y querían ser aceptadas como eran: musulmanas y españolas. “El conflicto del islam femenino empieza con nuestra generación, con nuestra visibilidad”, explican. “Nuestros padres eran discretos. Nuestras madres no iban cubiertas. Estaban atrapados en su condición de inmigrantes, muchas veces sin papeles; vivían la religión escondidos. El problema llega cuando nosotras, la segunda generación, que ya somos de aquí, empezamos a estudiar y a tocar temas religiosos. Y a ver los errores y contradicciones. Todavía no tenemos un excesivo conocimiento de la jurisprudencia y nos mordemos la lengua. Pero estamos en ese camino. En cualquier caso, más que los musulmanes de nuestra edad”.

Estas jóvenes muestran también sus contradicciones. Llevan vaqueros ceñidos y zapatillas Vans y Converse; utilizan expresiones como “flipar” o “estar rallada”, pero usan estrictos bañadores propios del siglo XIX y se niegan a hacer deporte sin chándal. Son las aristas sociales adheridas a su religión. Quizá el fruto de una educación islámica confiada en España por unos padres agobiados de trabajo a los oratorios dirigidos por los estrictos Hermanos Musulmanes y las mezquitas rigoristas, como la madrileña de la M-30, o televisiones como Córdoba Internacional, financiados por Arabia Saudí y que propagan un islam alérgico a la innovación. Y a telepredicadores del Golfo, con una respuesta misógina para cada pregunta, por absurda que pueda parecer. Es el califato digital, que tiene sentencias para todo: ¿Puede una musulmana comer un plátano? ¿Tomar chicle? ¿Usar gafas de sol? ¿Aplicarse crema corporal? ¿Bailar? ¿Usar perfume? ¿Comer con los hombres? ¿Ser barrendera o policía? Y así sucesivamente.

Para ser una religión que sus fieles exaltan como carente de dogmas y jerarquías, sin mandamientos ni sumo pontífice, uno se encuentra, por el contrario, a lo largo de este reportaje demasiados corsés en el islam y demasiados administradores de justicia infalibles que dicen basarse en el Corán (la revelación de Dios) y los hadiz (los dichos y hechos ejemplares del profeta) para justificar su juicio. Habitualmente misógino. Anclado en un pasado que nadie parece cuestionarse. “Todo lo contrario a la obligación de un musulmán o musulmana, que es el iytihad, el esfuerzo por hacer una interpretación personal, libre y crítica del Corán”, aclara Sara Azrak, de 27 años, filóloga inglesa, casada, sin hijos ni velo. “Yo tengo el Corán y me da unas claves que debo adaptar al momento en que vivo. El islam se adapta a cualquier entorno. Es un modo de vida. Pero el islam político, el que rechaza todo lo occidental, ha traducido el Corán y la tradición en dogmas; en algo incapaz de adaptarse. Y adaptarse no es dejar de rezar ni hacer lo que te dé la gana. Sino tener sentido común.

Muchas musulmanas están buscando respuestas en el planeta parabólica, repleto de barbudos y mujeres tapadas hasta los ojos porque se emite desde Oriente Próximo, y salen aún más confundidas. Lo que tienen que hacer es comparar distintas fuentes. La educación es lo único que puede liberarnos a las mujeres”. Algo que tuvieron en cuenta las madres (inmigrantes) de la mayoría de las musulmanas de este reportaje, que lucharon porque accedieran a la Universidad contra viento y marea, desde la catalana de origen paquistaní Komal Naz, de 22 años, graduada en Humanidades, hasta la española de origen marroquí Ramia Chaoui, de 21 años, graduada en Dirección de Empresas; o Sokayna Driouech, de 32, graduada en Enfermería; o Zoubida Barik, de 45, abogada.

El joven imam Mohamed Said Alilech es una de esas estrellas televisivas conservadoras; dirige una mezquita en el extrarradio de Madrid y lanza sus sermones a través de la Red. Para Alilech, nacido en Tánger, experto en jurisprudencia, en un excelente estado de forma y ataviado con un ajustado polo de manga corta, “el velo es obligatorio, lo dice el Corán; no podemos inventar otra cosa. No se puede evolucionar lo del velo y la vestimenta recatada de la mujer. Son fundamentos que hay que conservar hasta el Juicio Final. Son textos unívocos que solo tienen una lectura”.

–¿Qué opina del feminismo islámico?

–Feminismo para que tengan voz, sí; para que puedan liderar o inventarse cosas, no. No se pueden poner en duda los textos del velo. Y la mujer tampoco puede dirigir la oración con hombres. Ni tener contacto físico. Eso lo digo yo jurídicamente. Me río del feminismo islámico. Eso son cuentos de mujeres conversas.

En esa línea de conducta, estas jóvenes musulmanas reunidas en el corazón de Madrid muestran rasgos de rigorismo como no dar la mano a su interlocutor. Pero a continuación se enredan en una firme batalla dialéctica, mirando a los ojos, polemizando, intentando derribar la mala imagen que arrastra el islam desde los atentados de 11 de septiembre de 2001; denunciando el sufrimiento de los palestinos; describiendo el mal trato informativo que sufre, según ellas, el colectivo musulmán. No se cortan. Exudan búsqueda. Quieren romper con el monopolio interpretativo de los ulemas, jeques e imames de países árabes que poco tienen que ver con el suyo. Pretenden releer las fuentes del islam en perspectiva de género. Dilucidar si cuando, en la aleya 4,34 del Corán, el profeta Mahoma sentenciaba de parte de Alá (según la edición del libro sagrado con el que Arabia Saudí ha inundado el mundo) lo siguiente: “Aquellas cuya rebeldía temáis, amonestadlas, no os acostéis con ellas; pegadlas”, alguien dedujo eso (de entre los 25 posibles sentidos que en árabe tiene la palabra que ellos interpretan como pegar) con el único objetivo de fortalecer el control sobre la mujer y justificar esa discriminación en la palabra de Dios.

Tienen también rasgos de inocencia; son conscientes de sus contradicciones; se terminan partiendo de risa entre rubores cuando describen cómo su religión impregna cada momento de su vida.

–¿Por ejemplo?

–No hacemos cosas que consideramos haram (algo que un musulmán no puede realizar): colarte en el metro, copiar en un examen, cruzar en rojo, maltratar a un animal, bajarte una peli ilegalmente o no pagar impuestos.

Permanecen solteras. Y no tienen prisa en dejar de estarlo. Una revolución en el islam, donde casarse joven es la regla. Y la soltería no se contempla. El imam Alilech sentencia: “Está mal visto no casarte. Hay que hacerlo lo antes posible. Así puedes disfrutar de tu sexualidad”. Por el contrario, una de nuestras interlocutoras, Sara Kourtam, de 24 años, estudiante de Filosofía, nos entrega un texto revelador sobre las nuevas corrientes del islam femenino elaborado por una de sus teólogas de moda, Maryam Amirebrahimi, formada en la Universidad de California (UCLA) y la prestigiosa islámica egipcia de al-Azhar, titulado Ser esposa y ser madre no son las únicas vías.

Amirebrahimi, que evolucionó del rigorismo saudí (“me convertí en una mujer encerrada y que vivía en un constante miedo psicológico de convertirse en una tentación para los hombres”) a embarcarse en la busca de una conciencia femenina islámica a través del estudio de las fuentes originales de su religión, abandera un feminismo moderado en boga en EE UU. Un país en la vanguardia teológica de la liberación de la mujer musulmana, con referencias intelectuales que vuelan por la Red, como la profesora y diplomática Asma Barlas, la investigadora Carmen del Río o Amina Wadud (la primera mujer que ofició de imama; en 1999 dirigió el rezo del viernes ante una audiencia de hombres y mujeres que se inclinaron hacia La Meca codo con codo, algo considerado herejía por los rigoristas, y que repitió en Barcelona en 2005). Entre las páginas más destacadas de esta corriente de pensamiento y liberación está Sisters In Islam. Sus seguidoras hablan de “yihad de género”.

Mujeres musulmanas y españolas Laura Rodríguez en la Mezquita de Córdoba. / Alfredo Cáliz

Más cerca que las americanas, también musulmanas, afincadas en Córdoba y muy activas en la Red, se encuentran la profesora Natalia Andújar y su compañera, la trabajadora social e inspiradora de la Unión de Mujeres Musulmanas de España, Laura Rodríguez Quiroga (organizadoras de los congresos internacionales de Feminismo Islámico). Su activismo espiritual es compartido en Cataluña por Eva, Almudena y otras sabias que piden no ser fotografiadas y que no figure su apellido (“por miedo a las represalias de los rigoristas”), que dan vida a la web Alkalima, “con la que hemos creado un punto de encuentro en torno al feminismo islámico. Hasta ahora solo había webs rigoristas, de las monarquías del Golfo; ¿quiénes son esos tíos barbudos para juzgarnos? Nosotras, sin un euro, estamos realizando un trabajo de traducción de textos del árabe y de interpretación de los mismos en clave de género, para transmitírselo a las mujeres de todo el mundo”.

Una tarea similar está realizando otra musulmana, Tamara Sebastián, inmersa en catalogar y crear una base de datos de todos los libros del islam en castellano, además de traducir otros títulos clave del inglés y el francés, “para que cualquier mujer que quiera aprender sepa de qué corriente ideológica es ese texto y por quién y dónde se ha escrito. Puede ser muy útil para los hijos de inmigrantes que se están informando en sitios extremistas de Facebook”. Según Eva, “cuando me encuentro con páginas de musulmanes que llaman al terrorismo, lo pongo directamente en conocimiento de la policía”.

Este círculo de propagandistas que buscan un islam abierto e inclusivo se completaría con dos religiosos, Hussein Labrass, un imam progresista de Canarias que está investigando las fuentes del islam y extendiéndolas por YouTube, y el imam americano John Ederer, que está trabajando en la interpretación de los textos sagrados en clave de género, buscando una lectura diferente de los mismos, y que recientemente publicó el texto Sabias y predicadoras en el islam, que incluía esta reflexión: “Para el musulmán, la actitud correcta no es resistir ni rechazar la modernidad, sino aceptarla con nuestra ley divina”. En ese marco se encontraría también el colectivo Musulmanes por la Paz, cercano a Podemos, que reúne bajo un mismo techo a las dos ramas principales (y enemistadas desde hace 1.400 años) del islam: chiíes y suníes. Para uno de sus inspiradores, Julio González, “el islam se ha utilizado como forma de represión. Lo sagrado son los cinco pilares y el resto es costumbre que hay que evolucionar”.

Mujeres musulmanas y españolas Seis de las promotoras de la Asociación de Chicas Musulmanas de España, durante el rezo de la tarde en el madrileño parque del Retiro. Todas tienen carrera y son españolas. / Alfredo Cáliz

Sara Kourtam y el resto de las musulmanas de nuestra reunión en Madrid son conscientes de que seguir solteras supone renunciar al sexo. “Puedes tener novio, pero sin contacto físico. Cuesta. Somos humanas y nos apetece y sentimos deseo. Pero tienes que controlar tus instintos. El sexo fuera del matrimonio es pecado grave. Los tíos que hagan lo que quieren; nosotras lo hacemos por Dios, no porque un tío nos obligue”.

A continuación aclaran que jamás contraerán matrimonio por contrato o conveniencia. “Ni porque se nos pase el arroz”. Sin embargo, cuando llegue el momento, será con un musulmán. Sin dudarlo. Una convicción que han repetido una veintena de musulmanas españolas a lo largo de este reportaje. La ley islámica lo impone, aunque no a los hombres (algo que algunas teólogas islámicas comienzan a poner en cuestión, como la obligatoriedad del velo o la ausencia de mujeres en las mezquitas). “Para mí no es un problema casarme con un musulmán. Nunca me he planteado lo contrario. La religión determina lo que hago; es mi forma de ser y de vivir; y sería imposible hacerlo con un hombre que no compartiera lo que a mí más me importa.

Pero tampoco me voy a casar porque me lo impongan o esté bien visto. Ni de broma. Mis padres han sido los primeros en meternos en la cabeza a las tres hermanas que teníamos que estudiar y no depender de nadie”, explica Noha el ­Haddad, de 27 años, doctora en el hospital de Alcalá de Henares. “Yo no vivo confundida entre varios mundos. Soy mujer, española y musulmana. Y no tengo que renunciar a ninguna de mis identidades. Nuestra identidad religiosa es musulmana, y la nacional y cultural, española. Vivo en una sociedad democrática. Creo en la Constitución y los derechos humanos. No me gusta la actitud paternalista y protectora que proyecta muchas veces el islam hacia la mujer. Dios nos ha creado con las mismas facultades; las mujeres somos libres y fuertes; tenemos los mismos derechos y obligaciones; nunca iría con un hombre que no me valorara o me tratara como una menor”.

–¿Se considera feminista?

–No hay solo un feminismo. No están solo las radicales de Femen. Nosotras tenemos pechos, pero también cabeza. Me considero feminista porque defiendo a la mujer y sus derechos. Y soy musulmana. Y me gustaría que se recuperaran las libertades que tenía la mujer en el islam primigenio, no lo que ha venido a continuación, cuando la religión se ha mezclado con tradiciones machistas. No hay por qué imitar a Marruecos o Arabia Saudí”.

La mayoría nacieron en España o llegaron aquí de niñas. Varias estudiaron en colegios de monjas. Todas son de origen marroquí. Forman parte de la Asociación de Chicas Musulmanas de España (Achime). Un lugar donde una joven española, seguidora del islam, con estudios e inquietudes religiosas y sociales, puede relacionarse con mujeres de su perfil, avanzar en el estudio de su religión desde un punto de vista femenino “y con un autodidactismo responsable y compartido”, al margen de los centenares de federaciones, asociaciones, comunidades y mezquitas dirigidas por hombres (casi siempre extranjeros) y ligadas a posiciones políticas de Marruecos, Siria o Arabia Saudí. “Vamos por libre. Queremos encontrar el camino. Buscar el islam de nuestro país”.

En España hay en torno a dos millones de musulmanes (de los 25 millones de la UE), de los que más de la mitad serían ya españoles; más de 1.100 mezquitas y oratorios, y unas 2.000 comunidades. En 1992 apenas había 100.000 musulmanes. Es un colectivo heterogéneo, surgido de la inmigración y con una enorme pluralidad de orígenes, culturas, lenguas y tradiciones. La representación institucional de ese complejo grupo humano ha sido siempre complicada, con una enorme división política en la punta de la pirámide, entre los Hermanos Musulmanes, el régimen marroquí, la oposición islámica también marroquí de Justicia y Caridad y los españoles conversos al islam, procedentes en su mayoría del antifranquismo; y con los Gobiernos saudí, iraní y marroquí y sus respectivos servicios secretos repartiendo dinero a unos u otros en función de los intereses políticos de cada momento.

Sara Azrak, filóloga, en su hogar madrileño junto a su marido. / Alfredo Cáliz

Ese escenario fragmentado ha provocado una ausencia total de interlocución con el Estado. Y un profundo desconocimiento mutuo, que el actual Gobierno pretende solucionar tomando el control de la inoperativa Comisión Islámica de España (CIE), la institución que, desde 1992, tendría que haberse ocupado de la interlocución de la comunidad musulmana (en temas empantanados como la educación, la financiación, los cementerios o la asistencia en las prisiones) con el Ejecutivo. Y poner al frente a una persona de su completa confianza.

El incombustible médico septuagenario sirio Riay Tatary, cercano a los Hermanos Musulmanes, cabeza visible del movimiento islámico en España desde 1971. Para muchos de ellos se trata de un golpe de mano, “es como si el Gobierno español se metiera en lo que hace la Conferencia Episcopal, la interviniera y ­pusiera o quitara a su responsable”, explica Mounir Benjelloun, presidente de la Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas (FEERI), que en 2012 contó, por primera vez en la historia del islam en España, en su ejecutiva con cinco musulmanas: Natalia Andújar, Zoubida Barik, Amparo Sánchez, Isabel Romero y Tamara Sebastián. Si el Gobierno coloca a Tatary como omnímodo presidente del islam español, será el fin de esa alentadora cuota femenina.

La capital del feminismo islámico en España está en Córdoba. Aquí viven y trabajan tres de las mujeres más activas del islam de las mujeres, Isabel Romero, Natalia Andújar y Laura Rodríguez. Son conversas, no llevan velo, tienen estudios superiores, se sitúan políticamente a la izquierda y están entre los 40 y los 50 años. Han dirigido asociaciones de musulmanes en Cataluña, el País Vasco y Andalucía. Algo que Isabel Romero continúa haciendo como presidenta de Junta Islámica, una de las más antiguas y prestigiosas de España, fundada en 1989 por conversos españoles organizados en torno a Mansur Escudero, fallecido en 2010.

Las tres luchan por un islam español, “normalizado, contemporáneo, basado en los derechos humanos y sin extranjeros al frente; que no sea misógino, jerarquizado ni vertical; sin dogmas ni mediadores”. Un islam donde se pueda hacer la plegaria en español, las mujeres estén al frente del rezo y, sobre todo, que pueda servir de puente entre esta sociedad y los inmigrantes y las segundas generaciones. Su camino no ha sido fácil. Comenzaron su andadura próximas al rigorismo. Cubiertas y sumisas. Como explica Andújar, “el primer paso de muchas conversas es la sobreadaptación: ser más musulmana que las musulmanas. Es un mecanismo de defensa por miedo a que te rechacen. Implica un sobreesfuerzo para agradar a los demás, para cumplir ‘con el ideal de perfección que se espera de mí’. Cuando te conviertes al islam en España no tienes dónde mirar. Y te arabizas; te vistes como una marroquí. Hay una confusión entre islamizarse y arabizarse. Y después vas pasando del clímax a la depresión. Esa sobreadaptación nos da alergia. Estamos demostrando que se puede entender el islam de otra forma. Sin embargo, el termino feminismo aún da miedo a las musulmanas”. “Vivimos el islam como una energía de vida; no como un guardián de la moralidad obsesionado por el cuerpo de la mujer y el largo de tu falda. Yo concibo a Dios como una mujer; como un útero, porque da la vida”, recalca Isabel Romero.

Zoubida Barik, abogada, de 45 años, en el despacho en el que trabaja en Madrid. Con un largo camino de discernimiento desde posiciones rigoristas hasta la inmersión social, fue expulsada de un juicio en la Audiencia Nacional en 2009 por llevar el velo. / Alfredo Cáliz

Su evolución las ha llevado a ser atacadas a babor y estribor. Como explica Laura Rodríguez, “para los rigoristas somos innovadoras, intoxicadas por Occidente y herejes; para la derecha, traidoras a la patria, y las feministas agnósticas nos niegan toda visibilidad. Piensan que como feminista no puedes ser musulmana y como musulmana no puedes ser feminista. Nos dan por todos los lados”.

Las tres han demostrado que hay vida fuera del islam establecido por las asociaciones y las embajadas árabes. Isabel preside el Instituto Halal, un centro de certificación de calidad de productos aptos para el consumo de los musulmanes (que no contengan, por ejemplo, alcohol o grasas porcinas), que se ha convertido en la referencia internacional y ya certifica a más de 300 empresas de alimentación, cosmética y hostelería. Y además practica una ingente labor editorial y educativa. Su estilo de vida, de vestir y relacionarse puede ser un buen ejemplo para las musulmanas españolas. “Buscamos un islam inclusivo en una España diversa, que se reconcilie con su historia; un islam de aquí”.

Cae la tarde en Madrid. Las mujeres de Achime enfilan el parque del Retiro para realizar la oración de la tarde. La despedida es rápida. Cuando se les pregunta cómo les gustaría ser percibidas por la sociedad, su lista es inagotable. Se puede resumir en cuatro ideas: “Nuestra identidad es musulmana y española. Queremos mejorar esta sociedad a través del voluntariado y la participación. Buscamos un empoderamiento firme y activo de la mujer musulmana en España. Y si una musulmana no quiere que la engañen, que estudie. Y ya nadie podrá decirle que se quede en casa”.

elpaissemanal@elpais.es

Publicado en El Pais

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