Gitanas, negras y moras

Hoy se ha celebrado el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, fecha proclamada en 1.966 por la Asamblea General de Naciones Unidas. Cincuenta años después, la discriminación racial es un tema de actualidad debido a los acontecimientos más recientes que dan muestra de la aún presente discriminación, racismo y xenofobia en nuestra ‘democracia’.

El racismo es considerado como una construcción social que se cimienta en estructuras de dominación, violencia y discriminación. No sólo hay una distinción al color de la piel. También el aspecto físico, signos de identidad o un mero apellido son suficientes para despertar la impronta racista, y por qué no, machista.

Y he aquí donde las mujeres ‘en periferia’, las ‘diferentes’ a la identidad (imaginaria) nacional son víctimas de un patriotismo soez que niega la pertenencia a esta sociedad. Y lo hace añadiendo la marca machista. Invitaciones poco amistosas señalan la puerta de salida para que vuelva “a su país”, a adaptarse a nuestras costumbres o simplemente a colgarle la etiqueta de “española no completa” con costumbres difíciles de integrar en la sociedad.

Ser gitana, negra, musulmana o amazig (vulgarmente conocido como bereber) tienen en común su historia, o lo que es lo mismo la negación histórica en formar parte de la identidad nacional. Sobre ellas recaen esos estereotipos urdidos a conciencia en los últimos siglos. Su ausencia en los libros ha sido tal que apenas se conocen nombres de mujeres que destacaron.

Hace unas semanas la bloguera Desirée Bela-Lobedde era atacada en su canal de Youtube. Parece que quien le profería palabras como «negra de mierda» y «puta africana» desconoce que en este país han existido españolas negras desde hace siglos. Sor Teresa Juliana de Santo Domingo es celebrada hoy como la primera religiosa negra admitida en un convento de clausura español, la primera escritora afro hispánica en lengua castellana, y la primera negra española envuelta en un proceso de beatificación.

La diputada socialista Rosa Falastín Mustafa Ávila recibía recientemente una agresión virtual. Un usuario de facebook le profería “Ya que pagamos tu sueldo para defender la igualdad, nos gustaría decirte que si por nosotras fuera comerías en comedor social aceitunas y dátiles. Aprender a respetar que ya estamos aguantando la invasión de los moros otra vez”.

Igualmente Natalia Andújar, vicepresidenta de Junta Islámica denunció las amenazas recibidas por internet, convertida en un instante en el objetivo de la islamofobia de género, cada vez más presente en las redes sociales. Como es también un hecho cotidiano la gitanofobia que denuncian mujeres como Patricia Caro Maya. Surgen así trabajos como ‘Gitanos con Palabra’ donde se presenta el cortometraje “Antonia” que busca cambiar la imagen estereotipada de la etnia gitana.


Y entre ataque y ataque se dejan caer consignas que muestran con claridad la connotación sexista. El árbitro Yasmina Mohand es objeto de la violencia verbal durante los partidos, como así quedó constatado en abril del año pasado. “Niña vete a tu casa a limpiar cacharros, qué tú no sirves para esto, y cásate”.

Concluyo, tomando prestadas las palabras de Brigitte Vasallo (en i+): “Cuando la Europa blanca se muestra en todo su fascismo y racismo no podemos permitirnos el lujo de la indiferencia ni el miedo al error. Tenemos que poner el cuerpo, los afectos y todas nuestras energías para articularnos desde la diferencia, desde nuestros múltiples, complejos y contradictorios lugares de enunciación para, como decía Spivak, hacer un uso estratégico de las identidades para definir alianzas temporales, móviles, matizadas y polisémicas. El camino está lleno de dificultades, de circunstancias concretas y de errores, pero ninguno es comparable a una pasividad y un silencio cómplice con la violencia y el racismo”.

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