Los retos de una inmigrante magrebí

«Los inmigrantes tenemos que dar el primer paso para integrarnos y los de aquí, darnos la oportunidad de hacerlo», afirma Samira Baughlala, marroquí de 39 años asentada en Donostia

SAN SEBASTIÁN. DV. 24/10/07 – Su historia no pretende ser ejemplo para nadie, no se siente privilegiada, pero el «esfuerzo» de la marroquí Samira Baghlala por salir adelante ella sola y «valerse por sí misma» -los consejos que le dio su padre- puede servir para conocer otra realidad de las mujeres magrebíes, alejada de las polémicas sobre velos islámicos de las que en los últimos meses son protagonistas.

Siguiendo los consejos que le dio su padre, Samira, al igual que sus nueve hermanos, estudió Biología en Marruecos, se doctoró con «título de honor» en la Universidad Estatal de Moscú y desde entonces, hace nueve años, vive en Donostia «trabajando de lo que puedo», pero sin dejar de intentar hacerse un hueco en su profesión. «No me planteo volver a Marruecos por ahora porque allí hay mucho paro», dice esta mujer nacida en Tetuán hace 39 años, que esta tarde participará en una mesa redonda sobre los retos de la mujer magrebí.

Para ella, salir de su país fue «la única salida» posible para seguir estudiando y conseguir mi «libertad personal», esa que le ha dado la educación que sus progenitores no tuvieron. «La ignorancia es muy mala, saber leer, preguntar, entender te permite salir adelante y lo más importante, integrarte poco a poco, en un país extranjero», dice. Aún y todo, «sólo por la mala fama que tenemos aquí los marroquíes» también Samira se ha visto obligada a demostrar su honestidad. «Al principio sentí rechazo, pero también he encontrado a gente maravillosa», afirma.

La complicada integración de algunos de sus compatriotas -«no todos los marroquíes somos iguales»- es responsabilidad de ambas partes, asegura. «Los inmigrantes tenemos que dar el primer paso para integrarnos, conocer el sitio donde vamos, sus costumbres, pero los de aquí también deben darnos la oportunidad de poder hacerlo», explica.

Esa adaptación resulta, si cabe, más difícil para las mujeres: «Las de la generación que ahora tienen 50 ó 60 años, han sido educadas para ser amas de casa, no para trabajar y participar en la vida social; y a las más jóvenes les falta la base para analizar a fondo el contexto político o social», explica Samira. «La educación allí es muy diferente».

Esa educación está también mediatizada por el clima político que vive ahora el país donde, según Samira, la presencia de partidos con un enérgico «discurso religioso» ha llevado además a mujeres y hombres a recuperar costumbres que Samira creía ya superadas, como «el uso en las mujeres del nikab -pañuelo negro que sólo deja al descubierto los ojos- y la barba en los hombres». «Ver así a las mujeres sí me preocupa, porque es humillante no ver la luz del día, no saber con quién hablas, pero el uso o no del velo es una decisión personal, aunque no comparto que una niña de 14 ó 15 años lleve velo», indica Samira, que nunca lo ha llevado.

Sin entrar a valorar la polémica suscitada en varios países europeos, incluido España, sobre el uso del hiyab en las escuelas públicas, Samira centra su discurso en lanzar un mensaje a los inmigrantes, magrebíes o no, para que «no se recluyan en guetos que les impiden socializar con la población autóctona. Muchos marroquíes no dan la opción de que les conozcan a fondo, que les ayuden Yo sufro cada vez que veo a jóvenes inmigrantes detenidos o en la calle», dice.

Pero ella también sigue sufriendo por tener que salvar prejuicios y porque «cuanto más sabes más sufres».

 

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