Madres, festivales escolares y ayunos

Las musulmanas que son madres y que, además, están realizando el ayuno se habrán encontrado con una situación un tanto complicada de lidiar: a ver cómo te lo montas para comerte un dátil y darle un trago al agua recalentada después de una hora y media al sol, mientras grabas la actuación de la clase de tu hijo.

Si tienes suerte encontrarás un sitio para sentarte en esas últimas horas de ayuno y poder picotear, cuando llegue el momento, cualquier cosa que puedas llevar encima. Si no tienes esa fortuna te tocará esperar de pie, con la tentación de ir hasta la barra que han puesto para el viaje de fin de estudios y comer allí cuando suene la alarma… Algo habrá que consumir, piensas. E imaginas suculentos bocadillos que pudieras degustar apoyada en esa barra, hasta que te enfrentas a la realidad y observas la carta con una amplia variedad de productos no apto para consumo musulmán, porque si además eres vegetariana las restricciones son mayores. Ni qué contar si eres vegana. Olvídate, llévate un tupper.

Si has tenido suerte y tu hije ha actuado antes de romper el ayuno, te has quitado un peso de encima. Ya no tienes que grabar, puedes guardar el móvil y seguir esperando. Pero de pronto observas al fondo, detrás de todas las filas abarrotadas de gente, a tu hije con un bocadillo en la mano, que le acaban de entregar como premio tras la actuación… ¡Ay no! Como sea de la misma carta que la de la barra empiezas a ponerte nerviosa. ¿Será de paté, de chorizo, de mortadela, de jamón? El jamón york no es cerdo, piensan, el chorizo sí, pero ¿el jamón?

¿Y ahora qué haces? ¿Sacas la escoba y vuelas por encima del público para comprobar de qué es el bocadillo? ¿Miras hacia otro lado y haces como que no lo has visto? Y si lleva cerdo llega el siguiente dilema: ¿te callas?, ¿pides explicaciones? Y entonces piensas que estás ayunando, y por mucho que corras, no vas a llegar y, además llegarás predispuesta al conflicto, porque ya está bien. Pero al final prefieres callarte, como siempre. Porque no quieres significar a tu hije y asumes la dádiva que te echan. Y te crees de verdad que bastante es que no le echen cerdo a la comida del comedor, bueno normalmente. A veces, ocurren estos errores, pero son puntuales. Dicen…

El caso es que error a error y detalle a detalle nuestras escuelas públicas construyen realidades discriminatorias. La Constitución española marca claramente la aconfesionalidad del Estado, sin embargo no se puede obviar la impronta católica que se vive en la práctica. Este detalle se observa, por ejemplo, en el calendario escolar marcado por el Santoral. Las demás confesiones no son tomadas en consideración, ni la evangélica, ni la judía, ni la musulmana, que son las tres únicas con leyes de las Cortes Generales donde se reconocen derechos fundamentales. Ni qué decir tiene si tu hije es de otra confesión, léase budista, la llamada protestante o la baha’i, por mencionar algunas.

Así, mientras una parte del alumnado celebra con júbilo que “ha nacido el niño Dios”, otra parte queda esperando que alguien ponga en práctica los derechos legítimamente reconocidos hace 24 años. Otres soñarán con ser algún día iguales ante la ley.

 

Publicado en Diario 16

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