«Cada vez más movimientos de izquierdas y feministas se apoyan en discursos islamófobos»

@arianekamio – Donostia –2013/03/08. Naiz  Marie Laure Rodríguez, ciudadana vasca nacida en París, aunque con origen diverso, ha atendido a NAIZ para tratar sobre el uso del burka y el niqab y traer a la superficie algunos datos e informaciones que muchas veces se esconden a la opinión pública en general. Habla, asimismo, de algunos estereotipos construidos en el mundo occidental sobre las mujeres musulmanas, así como de la prohibición, la sumisión y la islamofobía.

Rodríguez, hija de padres gallegos que emigraron al Estado francés empujados por la difícil situación económica, pasó gran parte de su vida en Euskal Herria, más concretamente en Irun, a donde llegó tras la muerte de Franco.

Esta investigadora del EMUI-UCM (Instituto de Estudios Euromediterráneos de la Universidad Complutentense de Madrid) y co-directora del Congreso Internacional de Feminismo Islámico, reconoce que la influencia materna y la historia genealógica femenina de su familia ha estado marcada por mujeres luchadoras, avanzadas incluso a su época, reivindicativas de sus derechos, de los derechos que en cada época les ha tocado vivir. Trayectoria que ha dejado poso también en ella.

Hoy en día afincada en Madrid, se niega a explicar el por qué de su conversión al islam, prefiere reservarlo en el ámbito más íntimo. Incide en la necesidad de eliminar los prejuicios y los estereotipos sobre las prácticas de las personas musulmanas. En este caso, los de las mujeres.

Marie Laure Rodríguez nació en París pero, por motivos famliares, se afincó en Irun tras la muerte de Franco. Es una mujer de creencias musulmanas, co-directora del Congreso Internacional de Feminismo Islámico e investigadora de la Universidad Complutense de Madrid. Considera que la educación es la herramienta que llevará a las mujeres a la liberación, aunque ve con preocupación los estereotipos políticos que se han creado sobre la vida diaria de los musulmanes, en concreto, sobre sus mujeres.

 

Hablemos del origen del burqa y del niqab. Son vestimentas normalmente ligadas al islam, aunque su origen real sea preislámico.

El burka es una prenda originaria de Afganistán y Pakistán. El traje oculta completamente el cuerpo y tiene una especie de redecilla de tela a la altura de los ojos que permite ver sin ser vista. Su tradición es milenaria, anterior a la aparición del islam en el país.

El niqab, por su parte, es otro tipo de prenda que cubre la cara por completo, dejando únicamente al descubierto los ojos. Es más común en los países del Golfo, aunque con la extensión del discurso wahabita y salafista, se empieza a ver por otros países, incluído en el contexto europeo.

En el Estado español no se superan el medio centenar de mujeres que lo utilizan, del millón y medio de personas musulmanas que existen. En cuanto al burka, su uso en el Estado casi es nulo.

Estas prendas, sin embargo, contienen un significado cultural.

Me centraré en hablar del niqab. Habría que distinguir entre su uso tradicional, como parte de la cultura del país, y su uso político, que va ligado a una construcción ideológica del retorno de la mujer al espacio doméstico, limitando su acceso al espacio público.

En los países del Golfo, la mujer niqabi accede al espacio público e incluso al mercado laboral o universitario sin mayor reparo. Hay incluso presentadoras de televisión que utilizan esta prenda sin que parezca que existan limitaciones mayores. Su uso es más de tipo cultural o tradicional y su significado va más ligado al imaginario de la belleza femenina. Los parámetros que se utilizan tanto en la erótica como en los cánones de belleza se miden desde otro concepto diferente al occidental.

Especialmente en el contexto occidental, la aparición del niqab se sostiene bajo la utilización política de la prenda, respaldada por discursos fundamentalistas y su estrecha relación con las mujeres, retomando la teoría de la domesticidad que se sostenía en la sociedad nortemericana en la década de los 50, otorgando roles patriarcales que han debido asumir: sumisión, disposición a la renuncia individual para el beneficio familiar, abnegación, bondad, etc. La mujer, queda relegada al espacio de lo doméstico.

La sumisión es uno de los conceptos habitualmente ligados a la utilización de este tipo de prendas.
Lo cierto es que las mujeres se convierten en el chivo expiatorio para contener la ‘modernización’.

Las prohibiciones en cuanto a su uso, como el caso del Estado francés, ¿suponen una doble prisión para algunas mujeres, tanto por parte de sus parejas o familias como por parte del Estado en el que viven?
Ninguna medida coercitiva puede estar en equilibrio con el Estado de Derecho y la democracia, porque consiguen el efecto contrario. Tal y como se vio en el caso francés, la prohibición del velo integral produjo un aumento de su uso. La educación, sin duda alguna, es la herramienta para la liberación.

Como ya hemos comentado, el burqa y el niqab se asocian a la vida cotidiana de algunos musulmanes. ¿Tiene realmente un uso generalizado?
En absoluto. El uso del niqab es tan reducido que no llega ni al 1% de la población. En el Estado español no llegan ni a 50 las mujeres que lo utilizan, frente al millón y medio de personas musulmanas. De hecho, la mayor parte de las personas musulmanas considera que el niqab no forma parte del islam, aunque defienden el derecho legítimo de las personas a elegir la forma de vida que quiera llevar, dentro de la libertad de expresión, de elección y de creencia.

¿Las prohibiciones contra este tipo de vestimentas son realmente decisiones por la emancipación de la mujer, o algunos sectores utilizan el feminismo para imponer el racismo y la xenofobia?

La islamofobia es una realidad creciente que no solo es sustentada por la derecha. Cada vez más grupos de izquierdas, movimientos feministas e incluso LGTB se apoyan en los discursos islamófobos para rechazar la libertad de otra parte de la población.

Se asocian ideas erróneas, estratégicamente diseñadas. En el Estado español, hablamos de una islamofobia que surge hace siglos. La expulsión de la población musulmana supone el inicio de un discurso de la identidad nacional excluyente. Todo lo relacionado al islam es asociado al «otro-exterior» y no como parte inclusiva de la sociedad, algo que sigue repitiéndose cinco siglos después al relacionarse implícitamente el islam con la inmigración, a pesar de que existe un reconocimiento de notable arraiga en la sociedad.

Publicado en Naiz.info

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