Dos millones de fieles y subiendo: radiografía del islam en España

Álvaro G. Zarzalejos. El Confidencial

En España ya se estudian los versos del Corán. Casi dos millones de personas -1.887.906, concretamente- profesan la fe islámica en el país, según el ‘Estudio Demográfico de la Población Musulmana’ que publica anualmente la Unión de Comunidades Islámicas de España (UCIDE) junto al Observatorio Andalusí. En total, los musulmanes ya representan el 4% de la población.

Por nacionalidades, el 41% es español mientras que el 59% es inmigrante, marroquíes principalmente. Con respecto al año anterior, hay un 8,4% más de musulmanes españoles pasando de 718.228 a 779.080.

¿A qué se debe este crecimiento? Los datos revelan que desde 1968 hasta 2014 han sido nacionalizados 251.517 musulmanes, siendo el septenio que comprende desde 2008 hasta 2014 el periodo donde más nacionalizaciones se concedieron: un total de 161.404. Otro de los motivos que explica el crecimiento de esta comunidad es su elevado nivel de natalidad con respecto al de la población española.

De forma paralela a los cambios demográficos, España ha ido incorporando el islam al sector educativo, cultural e incluso político, siempre en virtud del Acuerdo de Cooperación que España firmó con la Comisión Islámica en 1992. Aún así, la comunidad musulmana ha denunciado en varias ocasiones que el acuerdo no se está cumpliendo y han reclamado un mayor compromiso político.Además del cristianismo, el islam es otra de las religiones más populares del mundo y la que más seguidores ganará en los próximos años, según un estudio del Pew Research Center. Aunque el cristianismo seguirá siendo la religión imperante, está previsto que en 2050 el 10% de la población europea se declare musulmana. A nivel mundial, representarán un tercio de la población.

Este aumento de la población musulmana, lejos de percibirse como algo positivo, genera un profundo rechazo entre los españoles. Según un informe publicado este año por el Pew Research Center, el 50% de los españoles tiene una opinión “desfavorable” hacia esta comunidad. Una radiografía del islam en España revela hasta qué punto la religión de Alá está penetrando en la sociedad española.

Feminismo islámico: ¿un oxímoron?

En el imaginario colectivo de gran parte de la población, el islam es sinónimo de opresión y falta de derechos, en especial de las mujeres. “Hay muchos musulmanes y musulmanas luchando desde hace años contra la visión patriarcal y machista que, como en todas las esferas de la vida, también afecta a los musulmanes”, explica la periodista musulmana Amanda Figueras.

Dentro del islam, pocos saben que cada vez más voces se han unido en torno al llamado feminismo islámico. “Es una actitud decolonial, es decir, busca como objetivo descolonizar el Alcorán y las lecturas patriarcales y teológicas que se hacen de los textos”, apunta la investigadora musulmana Laure Rodríguez Quiroga.

Varias mujeres musulmanas rezan en una mezquita. (EFE)
Varias mujeres musulmanas rezan en una mezquita. (EFE)

“A diferencia de otros movimientos feministas, el feminismo islámico ha contado con la aportación de los varones desde el inicio”, apunta Rodríguez Quiroga, quien a su vez insiste en que no necesitan un portavoz masculino para poder reivindicar sus derechos.

Aunque también se considera feminista, Vanessa Rivera, comunicadora social musulmana, mantiene un discurso mucho más crítico: “¿Son las religiones dispositivos de opresión, machismo y negación de derechos para las mujeres y grupos alterizados? Sí, lo son”, explica a este diario. En su opinión, la culpa de la mala imagen que tiene el islam es la forma con la que hemos aprendido a ver el mundo: “Eurocentrada, arrogante y dicotómica”, apostilla.

Por su parte, Wassyla Tamzali, intelectual feminista y exdirectora del área de derechos de las mujeres de la Unesco, echa por tierra todos esos argumentos: “El feminismo islámico no existe. No nos engañemos, feminismo es libertad y el islam es obediencia”, ha declarado en numerosas ocasiones.

Cárcel de tela vs. elección personal

El velo. La sempiterna pregunta sobre el islam. ¿Es obligatorio? ¿Denigra a la mujer? Tamzali también es crítica en este sentido y cree que “ni es musulmán ni es un símbolo religioso”. A su juicio, el velo es un acto de “terrorismo psicológico, un ataque contra las mujeres y contra sus derechos y libertades”. Dos musulmanas explican a El Confidencial su postura sobre este asunto.

“Este tema suscita debate entre la comunidad islámica, aunque formalmente las grandes escuelas de pensamiento creen que su uso es obligatorio”, explica Amanda Figueras, que sí lleva velo. “Es algo que sólo le concierne a quien lo lleva. Que cada mujer ejerza sus derechos y se vele o desvele según prefiera”.

Una opinión algo diferente tiene Rodríguez Quiroga, de origen vasco y convertida al islam a los 28 años. “Desde mi punto de vista, el uso de pañuelo no es obligatorio ni tampoco tiene una carga islámica. El Alcoran no dice nada de cubrir la cabeza”, apunta. “Considero el uso del velo un derecho individual e intransferible”. En la misma línea se expresa Vanessa Rivera, quien cree que su uso no es obligatorio aunque opina que la decisión de llevarlo o no debe tomarla cada mujer: “Como no tenemos Vaticano, no existe un Magisterio de la Iglesia que trabaje una línea única sobre temas de fe”, apostilla

La investigadora Laure Rodríguez Quiroga. (Cedida)
La investigadora Laure Rodríguez Quiroga. (Cedida)

En lo que las tres coinciden es en la excesiva atención que los medios prestan a este asunto. “Resulta obsesivo cómo nuestra manera de vestir es siempre el centro de atención, cómo estamos en el punto de mira por lo que llevamos o lo que dejamos de llevar, ya sea la falda muy corta o muy larga”, subraya Figueras.

Ramadán ‘made in Spain’

El pasado 5 de junio, un día antes del comienzo del Ramadán, el alcalde musulmán de Londres, Sadiq Khan, publicó una tribuna en ‘The Guardian’ en la que pedía aprovechar estas fechas para tender puentes entre comunidades: “Es una oportunidad para acabar con el misticismo y la superstición en torno al islam”, reza el texto. En España alguien escuchó a Khan y durante este Ramadán algunas mezquitas organizaron desayunos abiertos a los que podía acudir cualquier persona.

Esta festividad se celebra una vez al año y constituye uno de los pilares sobre los que se fundamenta el islam. ¿En qué consiste? Los creyentes conmemoran que el profeta Mahoma recibió la primera revelación del Corán, el libro sagrado. Para celebrarlo, deben abstenerse de comer, beber y tener relaciones sexuales durante las horas de luz. Cuando cae el sol, suelen reunirse para organizar copiosas comidas con las que reponer fuerzas.

Un grupo de musulmanes come durante las horas permitidas del Ramadán. (Reuters)
Un grupo de musulmanes come durante las horas permitidas del Ramadán. (Reuters)

Aunque se trata de una celebración obligatoria, los niños, las mujeres con la menstruación y los enfermos pueden saltarse el ayuno si es necesario.

Para los musulmanes residentes en España, la ley les permite “solicitar la interrupción de su trabajo los viernes de cada semana, día de rezo colectivo obligatorio, así como la conclusión de la jornada laboral una hora antes de la puesta de sol durante el mes de ayuno”.

Figueras, que durante más de diez años trabajó como redactora en ‘El Mundo’, confiesa que al principio no supo cómo encajar la situación en su trabajo. “A veces recorría el edificio buscando lugares apartados con cierta intimidad en los que me pudiera sentir bien para rezar”, explica a este diario. “Creo que en parte tenía miedo a lo que pudieran decirme. Con el tiempo he descubierto que muchos de esos miedos no son reales, sino una especie de autocensura”.

El negocio halal

Como ocurre en otras religiones, la alimentación juega un papel importante. Para organizar su dieta, los musulmanes siguen las directrices de la alimentación halal, la cual permite consumir todo tipo de alimentos excepto aquellos identificados como haram por la Sharia (ley islámica) tales como el cerdo, la sangre o los animales sacrificados incorrectamente.

Según datos del Instituto Halal, el sector de la alimentación movió 1,1 billones de dólares en 2014 y está estimado que en 2020 esa cifra alcance los 1,5 billones. Un lucrativo negocio que camina parejo al aumento de la población musulmana a nivel mundial:

El pasado mes de diciembre, la Comisión Islámica de España anunció que iba a preparar un informe sobre la demanda de alimentación halal en los colegios, proyecto que por ahora se encuentra paralizado. “Si un alumno pide un menú halal la decisión depende del centro escolar. No hay un criterio unificado”, explica Isabel Romero, directora del Instituto Halal. “A veces se pone un menú sin cerdo o sin carne y se les dice que es halal, pero no es cierto”.

Una mujer musulmana vende carne en su tienda de Roses, en Girona. (EFE)
Una mujer musulmana vende carne en su tienda de Roses, en Girona. (EFE)

A Rodríguez Quiroga, quien tiene un hijo en edad escolar, esta historia le suena familiar: “En España, ningún centro escolar ofrece un menú halal”, señala. “Creo que la única solución viable es activar la presión a través de organizaciones de consumidores independientes. No se está pidiendo una dádiva, sino el cumplimiento de la legislación vigente”.

El caso de esta madre musulmana no es residual. Romero admite que en España es muy complicado conseguirla. “Nos llama mucha gente pidiendo información sobre dónde comprar”, señala. “Hay muchos sitios que afirman vender alimentos Halal, pero si nosotros no los hemos certificado no podemos asegurarlo”.

El islam en las aulas

En 1996, el Gobierno aprobó y publicó el currículum de las clases de Enseñanza Religiosa Islámica y el convenio para contratar profesores cualificados para impartir la asignatura. Pese a ello, el UCIDE denuncia que la realidad es otra: el 95% del alumnado musulmán no tiene acceso a la educación islámica y el 60% del profesorado de religión islámica está en paro.

En su informe anual, los representantes de la comunidad musulmana denuncian que “actualmente solo se atiende una demanda básica, en la etapa de Educación Primaria, de clases de religión islámica en las autonomías de Andalucía, Aragón, Canarias, Ceuta, País Vasco y Melilla, sin aumento ni contratación para Secundaria”. Se estima que hay un total de 181.275 estudiantes musulmanes en el país.

Respecto a la educación superior, el pasado mes de abril la Comisión Islámica de España (CIE) envió una carta al Gobierno en la que solicitaba adaptar el calendario de exámenes, especialmente los de Selectividad, al mes de Ramadán. “En los próximos años, el mes de Ramadán transcurrirá en los meses de junio y mayo”, reza la misiva. Es tradicional que en España se celebren exámenes durante esos meses.

Vista de un aula vacía en un colegio. (EFE)
Vista de un aula vacía en un colegio. (EFE)

El objetivo es que los alumnos musulmanes puedan realizar las pruebas de manera que no coincida con la celebración, ya que el ayuno podría afectar a su rendimiento académico. El Gobierno, por su parte, afirmó que estudiaría la petición.

Desde la comunidad musulmana explican que estudiar el islam no solo contribuye a la formación de los alumnos, sino que es la mejor forma de hacerles menos permeables a los radicalismos.

“En España no hay facilidades para ser musulmán ni vivo ni muerto”, se lamenta Figueras. Y no lo dice por decir. Al problema de la educación se añade que muchos musulmanes no tienen donde ser enterrados. A lo largo del país hay repartidos unos 27 cementerios musulmanes –también llamados raudas o almacabras- y no todas las comunidades autónomas disponen de uno.

A la escasez de espacio se suma la propia idiosincrasia del rito. Los musulmanes deben ser enterrados mirando a La Meca y el cuerpo debe introducirse en el nicho sin ataúd para estar en contacto con la tierra, algo que durante un tiempo chocó con la normativa sanitaria del país y generó algunas tensiones con las administraciones. La última, con la Comunidad de Madrid a cuenta del cementerio de Griñón.

Un musulmán en La Moncloa

Es posible que no haya oído hablar de él. Sus miembros no salen en las tertulias televisivas y no cuenta con un importante cuerpo electoral. Hablamos del Partido Renacimiento y Unión de España (Prune), la primera formación musulmana de nuestro país.

Miembros del partido. (Facebook)
Miembros del partido. (Facebook)

Aunque nacieron en 2009, el partido no dio el salto a la política nacional hasta un año después. “Somos un partido inspirado en el islam y centrado en representar a las minorías”, explicó por entonces Mustafá Bakkach, uno de sus fundadores. “Si hay partidos de inspiración cristiana, no sé qué problema hay en que la nuestra sea el islam”.

Bakkach, poseedor de la doble nacionalidad española y marroquí, aseguró en la presentación del partido que su objetivo es trabajar en pro de la justicia, la igualdad y la solidaridad. “No vamos a reconstruir el Al-Andalus ni a aplicar la Sharia”, aseguran.

Actualmente, la formación cuenta con delegaciones en Madrid, Toledo, Cádiz, Ceuta, Valencia, Murcia y Asturias, siendo esta última comunidad donde está la sede central. A pesar de su nula presencia en las instituciones, explican que su intención es “tener el honor” de que su partido alcance la presidencia del Gobierno en 2030.

Hacia una sociedad multicultural

Con los datos en la mano, ¿podemos hablar de una España multicultural? “No lo somos”, explica Ignacio Cembrero, periodista y autor de ‘La España de Alá’. “Aunque está claro que el número de musulmanes va a seguir creciendo, actualmente solo representa el 4% de la población”.

Cembrero, experto en el Magreb, cree que hay varias razones que explican el paulatino crecimiento de esta comunidad. “Tienen un índice de natalidad más alto que los españoles y se producen muchos matrimonios mixtos”, explica a El Confidencial. “Si se mantiene el crecimiento del país, España va a necesitar más inmigrantes. Somos un país muy envejecido”.

¿Cómo ha digerido España el auge del islam? Además del ya citado estudio del Pew Research Center, otros como el informe sobre la islamofobia en España publicado por el UCIDE y el Observatorio Andalusí en 2015 ofrecen una imagen más edulcorada: “La sociedad española, en general, acepta la presencia musulmana en su entorno con normalidad ciudadana, aunque permanezca un cierto porcentaje, variable según localidad, a quienes no le gusta nuestra visibilidad”, concluye el documento.

Mucho más cruda es la realidad que pinta la Plataforma Ciudadana contra la Islamofobia. Según los datos que ofrecen, en 2015 recogieron un total de 278 casos de islamofobia en España, un 567,35% más que en 2014 de los que el 5,3% fueron agresiones físicas.

“España, con matices, ha reaccionado bien al islam. El nivel de islamofobia comparado con el de otros países europeos es mucho más bajo y los grandes partidos no tienen actitudes xenófobas”, señala Cembrero. En su opinión, el discurso político más beligerante se encuentra en Cataluña, una de las regiones con mayor inmigración de todo el país.

En cualquier caso, el rechazo hacia los musulmanes no es algo endémico de España. La misma encuesta del Pew Research Center eleva las cifras de rechazo al 72% en Hungría, el 66% en Polonia y el 69% en Italia, entre otros países.

La desconfianza hacia el islam, sumada a la ola de terrorismo yihadista que golpea el continente, ha derivado en una pirotecnia verbal anti-islam que alimenta las retóricas de los partidos de ultraderecha europeos.

Como ya publicó El Confidencial, el miedo, la sensación de fracaso de la Unión Europea y la aparente decadencia del ‘status quo’ han actuado como una suerte de catalizador de las formaciones ultraderechistas que si bien ya existían, ahora gozan de un apoyo que antaño no tenían. Pese a todo, España no cuenta todavía con ningún partido relevante que articule su mensaje en torno al odio a los musulmanes y extranjeros como sí ocurre en Francia, Austria o Hungría.

Para hacer frente a la islamofobia que carcome Europa, los musulmanes que han participado en este reportaje comparten la receta que Miguel de Unamuno -¿o fue Pío Baroja?- prescribió el siglo pasado para curar los males que asolaban por entonces (y que no distan mucho de los actuales): viajar y muchas, muchas horas de lectura.

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